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Los tres Reyes Magos

Reyes Magos: hierbas, cigarrillos y cantares

Oscar López Reyes

La noche antes del 6 de enero depositaba, debajo de la cama, cigarrillos, mentas y hierbas para que los Reyes Magos y sus camellos se nutrieran placenteramente cuando llegaran a Barahona a traerme juguetes y regalos. En esa festividad temporal, mimada por la más emocionante e inocente fantasía, a ellos les dejaba cartas manuscritas, especificándoles los artilugios apetecidos.

En las noches del ocaso de diciembre, los niños nos deleitábamos con una vista sensacional desde los patios o frentes de las casas: contemplar tres estrellas brillantes alineadas en el cielo, donde -nos inculcaban- vivían los tres reyes magos. Desde ese poniente bajaban en camellos, guiados por los luceros de Belén, a ponernos en nuestros hogares pistolas, pelotas y bates, carritos, bicicletas, patinetas, pitos, muñecas, juegos de cocina y manuales, etc.  

A principios de la década de 1960, nos decían que mientras los Reyes estaban dentro de las casas depositando los obsequios, en las afueras los camellos se entretenían comiéndose las hierbas. Y qué para no espantarlos, teníamos que acostarnos temprano. ¡Bella ilusión…!

Los días decembrinos embelesaban de magias, y en ese conjuro los bisoños se hipnotizaban cantando villancicos a los príncipes, ensortijados en el árbol de Navidad.

Memorable melena la canción “Víspera de Reyes”, interpretada por el dúo puertorriqueño Irizarry de Córdova, en cuya vigilia de amor y de paz, “los niños preguntan, ansiosos, a sus papás la noche de Reyes qué cosas bellas ellos traerán, y los pobres viejitos le piden al cielo tranquilidad”.

Otro villancico inolvidable ha sido “Arre borriquito, arre burro arre” (letras de Diego San José de la Torre y música de Ricardo Boronat): “En el cielo hay una estrella que a los reyes magos guía/Hacia Belén para ver a Dios, hijo de María;/Cuando pasan los monarcas/Sale la gente al camino/Y alegres se van con ellos para ver al tierno Niño/…Hacia el portal de Belén se dirige un pastorcito/Cantando de esta manera para alegrar el camino/Ha nacido el Niño Dios en un portal miserable/Para enseñar a los hombres la humildad de su linaje/.

Y todavía embruja, entonada en coros, “Mi Burrito Sabanero”: “Con mi burrito sabanero, voy camino de Belén/Con mi burrito sabanero, voy camino de Belén/si me ven, si me ven, voy camino de Belén/…El lucerito mañanero ilumina mi sendero…./Si me ven, si me ven, voy camino de Belén/Con mi cuatrico, voy cantando, mi burrito va trotando/Si me ven, si me ven, voy camino de Belén”.

Mi retentiva guarda estos tres episodios desaprobados en la magia de la fecha de la fiesta impúber:

1.- Una niña estaba feliz en una pulpería, indicando que los Reyes Magos les dejaron un pedazo de pan, porque los juguetes se les acabaron.

2.- Una madre señaló a su hijo que sollozaba que no fue gratificado, porque se comportó mal.

3.- Un padre que, para calmar a su hijo que lloraba desconsoladamente porque no encontró absolutamente nada, le pidió que lo perdonara, ya que él era el culpable debido a que los Reyes se retiraron cuando lo vieron borracho.

El puertorriqueño Luis Felipe Rodríguez nos ha hecho cavilar con la pieza musical “Los Reyes no llegaron”, acompañado de su trío Los Antares: “Madre en la puerta un niño/que está pidiendo amparo/Quizás no tenga madre/huérfano tal vez/Quizá no tiene abrigo/Sus pies están descalzos/y su carita tierna el hambre ya/se ve/Déjalo que entre/y que junto a mis hermanos/Que juegue y se divierta/que mucho ha de gozar/Que hoy es Día de Reyes/y todos los muchachos/hacen de su juguete el más/lindo ideal…”.

A los 7 años, yo sentía felicidad por los carritos y pistolas depositados por Melchor, Gaspar y Baltazar, o La vieja Belén, luego del día 6 de enero. En el aura de la Epifanía, y en ese esperanzador mito de la idolatría, sospeché que los padres eran los Reyes Magos. Me preguntaba cómo era posible que, en una medianoche, visitaran todos los hogares de Barahona, que ahora calculo eran más de mil.  

Motivado por esa duda, cuando los progenitores salieron a comprar juguetes, creyendo que yo estaba dormido, me puse al acecho; a su llegada observé las fundas que traían a cuesta, y aparenté estar en el quinto sueño. Mi hermana menor Miriam, a quien no dejé cerrar los ojos, también se quitó el velo.

(Hoy son pocos los niños que disfrutan efímeramente esa época de verdor, ermitas, quimera entre anhelo y aliento, y también de frustraciones – los hijos de los acomodados manoseaban los mejores juguetes y los de los pobres objetos menudos, o ninguno-. Entre los escasos crédulos se cuenta mi nieta Monserrat -cuatro años de edad-, que me responde que los Reyes Magos vienen de Belén y Santa Claus del Polo Norte. A la mayoría de los infantes, la televisión les muestra los juguetes que están a la venta, y los padres los llevan a las tiendas para que los seleccionen, en otro ejemplo de cómo la tradición está desapareciendo).

A los 7 años yo había sido alfabetizado por Aurelino Luperón en una escuela oficial -fabricada con madera, techada de palmas y con sólo dos compartimientos o cursos-, y con bohíos de tejamaní a sus alrededores, en Los Potreros, como se identificaba a ese espacio físico. Se ubicaba en el Callejón número 1, hoy calle Donantes, entre la Víctor Matos y la Gaspar Polanco.

El maestro Luperón cogió fama porque a los alumnos molestosos o traviesos les halaba las orejas y se las soltaba cuando se aquietaban. Otras veces les apretaba los hombros. Esa nombradía fue temeraria, y en los sectores circundantes a los muchachos fastidiosos incontrolables sus ascendientes les advertían: ¡No te apures, que te voy a mandar para donde Luperón!, y ¡Para ti no habrá juguetes el Día de Reyes!

Aunque ahora la población infantil se muestra más despierta y vivaz -porque les ayudan la televisión y los celulares multiusos con los que nosotros no contábamos-, un amplio segmento de la adulta se deja envolver por cuentos parecidos a los de los Tres Reyes Magos. Basta referir los embrujos/embelecos amorosos, las peroratas embaucadoras de una porción de abogados y los discursos de políticos demagogos.

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El Motín

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