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La Covid: versos y sacrilegio

Oscar López Reyes

Un récord inimaginable, acicateado por la coronavirus, amalgamamos en el discurrir existencial: resistir mil 200 horas confinado en la mansedumbre del hogar, sin gratificar con toques corpóreos a nietos ni cuñados.  En esos  50 días nos sumergimos en el vestíbulo de la rutina, balbuceando  en la guarda de un “castillo” metropolitano, con mascarillas y guantes,  escribiendo en prosas y versos, y  platicando lacónicamente, para alejar la pandemia.

Un solo día de esa temporada de distanciamiento físico/social,  por la rampa del parquecito del frente  brevemente  ventilamos las pupilas con una bocanada de aire libre/natural, sin molino de vientos;  sin rozar las cerezas rojas con sus pestañas de amor, la  verde hoja  de la esperanza,   el ramal de jabillas con carpelos  y calabazas sin ecos, y en esa mañanita escuchamos   un pájaro carpintero  con un retumbar   –en mis oídos desconfiados y espantados- semejante  a un murciélago.

Cualquier extraterrestre pensaría que esa contracción por el tamborileo de esa ave en las hojarascas aplanadas, y sin pétalos de un árbol ornamental,  atrapaba en la  paranoia a ese solitario caminante, pero no fue así: razón sobra, porque todos los días oíamos  las tonadas de una lista de muertos y contaminados, punzados por un  agente invisible identificado como Covid-19.

Y todavía en ese tris el enmudecimiento y la serenidad  yacían sobre la explanada –hasta  se olfateaba la ausencia de la cotidiana glorificación por un megáfono de un evangélico ciento por ciento- ,  destello del toque de queda entre las 5 de la tarde del día que se consume en el ocaso y las 6 de la mañana del día que nace sonriéndole a la aurora.  Hasta los arbustos parecían acogerse al recogimiento oficial, porque ni siquiera sacudían sus follajes.

Antes y después del  día de referencia,  dejamos de ser callejeros  –en la tónica de asistir a la agencia publirrelacionista, los eventos y los encuentros gremiales y patrióticos- y seguía atesorando el calor de la  domesticación.  Y profundizaba en  la lectura,  los ejercicios de hatha y mantra yoga, y  presenciando documentales y películas (cine en la casa) jamás vistos.

En esta cuarentena proseguimos trotando, en un vaivén sin precedentes ni  presuroso,  entre  el aposento,  el surtido librero, la laptop, que no llora por la misericordia de Dios; el lavamanos  y  el sofá,  y la cocina y  el comedor,  higienizándonos  las manos más que nuestro oftalmólogo. Y  con las cejas y cabellos chequeamos  a los más cercanos por si detectamos algo raro llamar, en un santiamén, a mi hijo Alex y su esposa Sheila, dos médicos que saben demasiado.

Por vergüenza no nos metemos debajo de la cama, y una tardecita por necesidad se asomó a la puerta un delivery  y cuando lo miramos a cierta lejanía sentimos  un olor a coronavirus. Y entonces recordamos a un viejo amigo que – cuando un conocido salía de un baño público- se introducía la mano en el bolsillo para no saludarlo.

En el balcón enrejado no suena la campana de la Iglesia, porque el cura oficia las misas sin feligreses; tampoco vemos los aviones aerocomerciales,  aunque sí, ocasionalmente,  vuelos imprescindibles, porque están  cerradas las  fronteras aéreas, marítimas y terrestres.

Sentimos un vacío, en vista de que físicamente no leemos los diarios. Las canillitas se esfumaron, huyéndole a un virus que ellas ignoran dónde estaba escondido. Y por intermedio de antiguos (más de 30 años) y nuevos alumnos supimos (por los medios electrónicos y la internet)   que los hospitales y clínicas prácticamente sólo atienden emergencias, y que no operan las guaguas públicas, el Metro ni el  Teleférico. Ellos nos exhiben  las filas en los supermercados, los bancos y las farmacias.

También nos muestran que  ha sido detenida la llegada de  turistas y de remesas. Y nos exponen, durante los toques de queda, los paisajes nocturnos  de las ciudades en las cuales apenas se observan policías y guardias, médicos y enfermeras, transportistas de alimentos y periodistas.

En la arcada de esta tragedia sanitaria, tenemos que seguir  palmoteando  y colocar  flores en el pecho de los dominicanos antes citados, merecidamente bautizados como héroes, y reconocer  a Luis Rodolfo Abinader, por la limpidez de sus donaciones; a Leonel Fernández, por sus sabias propuestas; a Gonzalo Castillo, por sus rescates en el exterior,  y a Rafael Sánchez Cárdenas.

Al Ministro de Salud Pública,  Sánchez Cárdenas, le sugerimos que -como persona noble- no dañe su esforzada y singular labor con parcializaciones políticas, ni obstaculice ninguna aportación (mejor resulta enriquecerla),  como la del  muy sensible hospital de La Vega y otros centros médicos públicos.

Los  sacrificios, filantropía y realizaciones trascendentes patrocinan loas y aplausos colectivos, en el halo de la sinceridad más espontánea,  como los de los médicos desde miradores y  ventanales, y los actos siniestros oprimen  y marchitan corazones. A esa  hoguera  entristecida conducen   sectarios copetudos  y propagandistas mercurializados  en el mástil más inescrupuloso  que, mientras más enturbian, menos comprenden el marketing político ni el marketing electoral.

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El Motín

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