Enterrar la Revolución Cubana, tarea de la izquierda

LA HABANA, CUJBA.-Es muy posible que dentro de poco termine de morir la Revolución Cubana. Sesenta y siete años atrás irrumpió cargada de esperanzas y promesas redentoras. Abundaban los paralelos bíblicos. Doce sobrevivientes del Granma, un mesías que entraba triunfante en la nueva Jerusalem habanera, una paloma que se posaba en su hombro mientras declamaba las bienaventuranzas, el verbo divino prefigurando durante horas de horas el paraíso en la tierra y el demonio yanqui amenazando desde la otra orilla de un mar que separa el paraíso del infierno.

Buena parte del cristianismo latinoamericano se convirtió a esta teología de la liberación. Los filósofos, los poetas, los pintores y los novelistas mejor dotados pusieron sus talentos al servicio de la buena nueva. Muchísimos creadores cambiaron sus plumas, instrumentos o pinceles por palas, arados o espátulas para hacer realidad sus fantasías justicieras.

El 17 de abril de 1961, dos años después del triunfo de la Revolución, se produce el ataque en Bahía Cochinos. El día antes de que la Brigada 2506 desembarcara en Playa Girón, Fidel declaró su carácter socialista. “Los que temen a la revolución porque es socialista… que no vengan a pedirnos que nos pongamos de rodillas ante el imperialismo.” 10 días después, Norman Mailer publica una carta abierta a Fidel Castro en la que dice: “Fue usted el primero y el mayor héroe que se conoció en todo el mundo después de la Segunda Guerra Mundial”. Más adelante le propone que ofrezca a Ernest Hemingway mediar para el buen entendimiento entre Cuba y Norteamérica. “Usted no pertenece a los Estados Unidos ni a Rusia, sino a Nosotros de la Tercera Fuerza”, concluye. Ya era demasiado tarde. En 1962 Cuba permite a la URSS instalar misiles nucleares apuntando a sus enemigos.

Si la década de los 60 es conocida como el período romántico de la Revolución, los 70 inauguran el así llamado Quinquenio Gris. El caso Padilla, en 1971, abre una etapa de control cultural y persecución a toda expresión considerada “ideológicamente desviada”. Novelistas, poetas, cineastas, artistas y homosexuales que no se atenían a las pautas de comportamiento fijadas por el régimen fueron enviados a campos de trabajos forzados en las UMAP: Unidades Militares de Ayuda a la Producción. A Lizama Lima, Virgilio Piñera y Reinaldo Arenas, también los silenciaron. Muchos de los escritores del boom latinoamericano que aún mantenían simpatías con Cuba las perdieron definitivamente en este período.

El endurecimiento de los controles totalitarios en la isla, sin embargo, coincidió con una seguidilla de golpes de estado apoyados por los EE.UU en el resto de la región. Cuba le dio refugio a miles de perseguidos por las dictaduras militares. De no haber sido así, es probable que las fuerzas democráticas de occidente habrían tomado conciencia con mayor prontitud de las macabrerías que ocultaba. Abundaron los izquierdistas agradecidos.

La década de los 80, según cuentan los cubanos, fue un tiempo más bien feliz. Había cierto bienestar generalizado gracias a los aportes soviéticos y si bien la seguridad del estado ejercía sus controles, no faltaban los lugares de esparcimiento. Había drogas recreativas en los entornos culturales, una falta de libertades civiles asumida sin mayores dramas, salud y educación de buena calidad garantizados y acceso a un confort material que lejos de los lujos permitía cierta despreocupación. Cerca de 2000 soldados cubanos murieron en Angola apoyando a MPLA y aunque no pocos volvieron traumatizados, era un motivo de orgullo patrio. Al menos hasta que algunos de sus héroes – el general Arnaldo Ochoa, el coronel Tony de la Guardia, el capitán Jorge Martínez y el mayor Amado Padrón- fueron acusados de narcotráfico y traición a la patria y condenados a muerte por la Causa Número Uno. Los fusilaron al amanecer del 13 de julio de 1989. Las interpretaciones más extendidas apuntan a que fue una purga política. Empezaban a derrumbarse los regímenes de Europa del Este, Gorbachov había visitado La Habana ese mismo año con su mensaje de Glasnost y Perestroika, y Ochoa, con su popularidad y posible simpatía con los vientos reformistas soviéticos, representaba una amenaza potencial para Castro. A falta de un periodismo serio, solo queda la bola.

Con la caída de Unión Soviética en 1991, comienza el así llamado Período Especial en Tiempos de Paz, eufemismo ideado por Fidel para denominar la situación catastrófica en que cayó el país al perder el apoyo económico ruso. Se quedaron sin petróleo, comenzaron los apagones y a falta de alimento se comían hasta los gatos. De esa época viene el término “resolver”, para designar esa ocupación cubana por excelencia consistente en buscar soluciones inauditas para necesidades cotidianas, generalmente “por la izquierda”, es decir, por fuera de lo legal. Cuando se habla de Cuba, hay algo en lo que se hace poco incapié: la corrupción cotidiana. Los sueldos estatales no alcanzan para nada, de modo que quien maneja un camión roba combustible, quien distribuye alimentos comercia una porción por su cuenta y los policías del tránsito negocian las multas en la vereda. Buena parte de la sobrevivencia se “resuelve” de manera informal.

Según algunos, el Periodo Especial no terminó nunca. La mayoría convino que acabó con Chávez. Los cubanos siempre menospreciaron a los venezolanos, pero acostumbrados a vivir de otros, le dieron la bienvenida a su petróleo y a los dólares con que hacían unas martingalas muy difíciles de explicar. En la isla de la Revolución, a estas alturas no se produce nada. Ni azúcar. En sus campos más fértiles crece el marabú, una maleza que ha devenido en bosques. A decir verdad, su negocio histórico ha sido una dignidad mal entendida. Han vendido una idea y ningún producto concreto. Pareciera que sus líderes creyeran que el mundo debe pagarles por predicar un modo de vida que no saben sostener. Una chiva que hasta hace algunos años compraban pocos y hoy prácticamente nadie.

Hay bloqueo, es cierto, y el canalla de Trump lo ha endurecido poniendo a Cuba en la lista de los Estados Patrocinadores de Terrorismo, sin contemplar lo cruel que resulta para las inmensas mayorías inocentes. Desde el 3 de enero impide la llegada de barcos con combustible. No vale la pena gastar saliva al respecto. Pero el fracaso de la revolución es un hecho indesmentible. Nunca fue capaz de procurar por sí misma el bienestar material de su población. Mientras vivió Fidel, lo que debía ser el gobierno del pueblo, solo sirvió para glorificar a un individuo. Si algún expertice desarrolló la Revolución, fue el control de su habitantes a través de la seguridad del estado, la inteligencia y la contrainteligencia. Mientras duró la Guerra Fría, hacía cierto sentido, pero a estas alturas resulta absurdo.

Los cubanos están pasando hambre. Cocinan con carbón. Nadie recoge la basura acumulada en las calles, cunden las infecciones y el mal olor, están a oscuras, quedan pocos jóvenes y más allá de quienes trabajan para el régimen, es prácticamente imposible encontrar a un partidario del gobierno. Si se quiere hallar alguno, hay que buscarlo entre los comunistas extranjeros. Sólo la ceguera ideológica justifica semejante indolencia.

La Revolución Cubana, alguna vez ilusión de un mundo nuevo, donde las cosas podían ser distintas, acaba de recibir al director de la CIA y aceptar una propina del imperio que lo extorsiona para sobrevivir otro par de semanas. Reconocer su fracaso estruendoso no solo urge para rescatar a la población que la padece, sino también para volver a una alternativa donde la idea de comunidad recupere su valor, donde no todo sea arrogancia y fuerza, donde la invitación a encontrarnos no suene a discurso vacío, sino a propuesta inteligente, creíble y confiable.

El Motín

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