De vivir en las calles a ser un experto financiero en Londres

Peter Komolafe pasó de vivir en la calle a ser un reconocido asesor financiero, autor, conferencista y educador.

“Es difícil transmitirlo a alguien que no lo ha vivido, pero muchas veces, cuando estaba en la calle y veía a la gente en sus casas, pensaba qué bien se debería sentir eso”, dice.

“Pasar de ahí a trabajar en Londres en la planta 50 del banco más importante del país, sin tener estudios universitarios, fue realmente extraordinario”, dice emocionado.

Peter nació en Inglaterra en 1979, hijo de padres nigerianos que habían llegado al país para estudiar, trabajar y mantener a su familia en su tierra natal.

Cuando tenía apenas tres meses, sus padres publicaron un anuncio en el periódico para encontrar una familia de acogida británica que pudiera hacerse cargo de su educación.

Se trataba de un acuerdo privado e informal que terminó convirtiéndose en una práctica muy extendida en la comunidad nigeriana migrante de aquella época.

Peter fue acogido por una pareja blanca que residía en la ciudad costera de Hastings, en el sureste de Inglaterra, y visitaba cada verano por unas semanas a sus padres biológicos en Londres.

“Fue una gran, gran familia”, dice, explicando que se sentía protegido en aquel hogar. “Fui muy afortunado por haber terminado con ellos”.

Pero en la escuela las cosas no eran tan fáciles para un niño afrodescendiente en un barrio predominantemente blanco.

Algunos compañeros solían ponerle sobrenombres racistas y hacerle bullying cada vez que podían, al punto que llegaba a la casa llorando. Sus padres de acogida se habían quejado sobre estas conductas, pero todo seguía igual.

Como suele ocurrir, había un niño en particular que lo acosaba regularmente. Entonces el padre, cansado de no encontrar una solución, le aconsejó que se defendiera a golpes para que no lo molestara nunca más. Y así fue.

Cuando tenía 8 años y llegaron las vacaciones escolares, sus padres ―‍que habían regresado a Nigeria―‍ hicieron los arreglos necesarios para que Peter se subiera a un avión para ir a visitarlos esta vez allí.

“Me hacía mucha ilusión subirme a un avión por primera vez”, cuenta.

Un país completamente desconocido

A la mañana siguiente de llegar al pueblo de sus padres en Nigeria, cuando despertó estaba rodeado de personas que querían conocerlo. Peter solo hablaba inglés y no entendía ni una sola palabra de yoruba, el idioma de su familia extendida.

Como él era tan diferente al resto de las personas que vivían en la comunidad, terminó convirtiéndose en la atracción de la fiesta. Le pedían que hablara para escuchar su acento británico y en medio del alboroto, él se preguntaba cosas como: ¿dónde estoy?, ¿y quiénes son estas personas?

Peter esperaba ansioso que terminaran las dos semanas de vacaciones en Nigeria. “Recuerdo que un día desperté entusiasmado”, cuenta. “Hice la maleta, fui a la sala y pregunté cuándo íbamos al aeropuerto y a qué hora era el vuelo”.

Pero su madre se rió y le dijo que se quedaría a vivir allí.

“Tenía mucha rabia y esa sensación de estar atrapado. A los 8 años, realmente no tienes muchas opciones”, cuenta.

Los primeros años en Nigeria fueron “horribles”, dice. El lugar donde vivía era “prácticamente en medio de la nada”, sin agua corriente ni electricidad, y “conseguir comida era difícil”.

Además, cuenta, una vez más tuvo que enfrentar el bullying de otros niños por ser diferente al resto.

“Con el tiempo me fui adaptando un poco, pero siempre tuve presente la sensación de que… bueno, que en realidad ese no era mi sitio”.

Aunque la vida no era fácil, Peter tenía sus herramientas: “Llevaba conmigo un bolígrafo, un lápiz y un papel; me gustaba mucho escribir, contar historias y cosas por el estilo”.

“Quizás como no me gustaba el lugar donde estaba, me resultaba más fácil imaginar sitios y mundos ficticios”, explica.

Unos pocos dólares y una dirección

Cuando Peter ya había terminado la escuela secundaria, sus padres biológicos comprendieron que él no había logrado adaptarse completamente a su vida en Nigeria. Fue entonces cuando decidieron ahorrar dinero para comprarle un boleto de regreso a Londres.

Pero el viaje ocurrió de una manera intempestiva.

Su padre le dijo que preparara sus cosas para irse en una semana. Tres días después regresó y le dijo: “Te vas en cuatro horas, así que haz la maleta”.

El Motín

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