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Capullos y pompas a madres abnegadas

Oscar López Reyes

Todas las mañanas, entre las 7 y las 8, la joven mujer, que había perdido la razón antes de ser embarazada por algún borracho o drogadicto, en sus brazos mecía con ternura, en un banco del parque Colón de la Ciudad Colonial, a su criatura de menos de un año. El pan suministrado por el buen samaritano primero lo ponía en boca de su retoño, y cuando los rayos solares chispeaban sus pieles, la guarecía bajo la sombra de un árbol y ella se exponía al fulgor que, desde unos 150 millones de kilómetros, extendía ese cuerpo celeste regulador de la traslación de la tierra y los otros planetas.

El alimento y la radiación electromagnética del astro rey siluetan el crecido horizonte de sensibilidad de una progenitora que, aún sumergida en la pezuña fatal de la enajenación mental, se embelesa y privilegia a su vástago. Y ella en el mutismo respondió, mimando en la señorial plaza histórica, una pregunta que resollaba en mi cerebro: ¿cuál quiere más, la madre a su hijo o el hijo a la madre?

Definitivamente, el amor y el apego maternal contornean como más sublime y profundo, y se exterioriza como si se desprendiera de lo más recóndito de sus células y tejidos. En la alborada, el meridiano y las tinieblas, esa adoración encola como más pura, penetrante y descomunal. La madre obra sin razonamiento, en un desafío ardoroso y lista para entregar la vida en su defensa. Cuando un policía busca a un hijo, ella se adelanta a decir que no fue él, sin saber qué aconteció.

En mi poemario “Venas de secretos abiertas” (1986) resbalo la musa en el tazón, la médula y el pecho compasivo de las madrazas, que cultivan los plantíos en el vestíbulo de sus siestas restauradoras y renovantes. Con sus dibujos, saca la cabeza el verso titulado “El amor, semilla fructificante”: “El amor,/encanto/belleza/génesis./Cuerpo de un manjar dulcificante/y sensualidad perdida/en la vagancia/del placer./Polen de hombre y mujer/en pétalo de una flor/que ríe con néctar/y silueta nutrientes”.

La segunda estrofa nos recrea a “La madre y el padre/la esposa/y los hijos/el compañero y/amigo,/extensión apasionada/de olor rojo y perfumado/que se arrulla en el paisaje/de mi filosofía”.

Y la tercera copla esencia el contenido: “MADRE,/esperma de la vida/vientre fértil/y dóciles senos/preñados de esperanzas./Tronco y fruto,/infinito desarrollo de mis pasos./Senda y camino/atajo y cauce del PADRE templado/con visión de la osadía/, requiebro y la versatilidad afectuosa/de sus formas”.

Otro poema, dedicado a Profeta López y rotulado “Un tesoro de recuerdo”, nos dice: “Tesoro fuiste de mi vida/abuela mía, madre mía./Inmensurable madrigal de dulzura/blasón de recuerdo y ternura/eterna”.

La segunda estrofa de la lírica oda: “Profeta, divinidad transformada en/mujer aldeana,/aireada con su camisón planchado/y su lienzo flotando junto al acento/jocoso de su corazón./Profeta,/mujer moldeada en la pradera/de una campiña rústica/cercada de tierras selváticas./Adiestrada en la ciudad/lavando y planchando para dar ejemplo/de madre.

Otra composición poética, etiquetada “La bendición a una madre” (9 de agosto del 2006), remojó como una elegía: “El horizonte se tiñó de gris,/en la grieta del dolor,/cuando vi a mi madre (Andrea Reyes Pérez)/descender a su última morada. Y las imágenes/de mi mente regresaron a la Iglesia, aquella tarde/de mi bautizo”.

La segunda entona con profundo sentimiento filial: “En esa mañana de Sol cargado de resplandor,/las flores y cánticos del evangelio perfumaron/y bañaron de candor devoto el camposanto,/ fecundizado con el advenimiento de una mujer/de paladares santificados”.

Otra idílica vanagloria en el recodo de la alabanza: “Mujer sencilla en su trato espontáneo,/mi madre entreabrió su corazón para/ prodigar amor desde el rincón de su hogar,/su más preciada chimenea. La única playa/de sus risotadas, de agitación discreta y/fantasías señoriales”.

En el Día de las Madres, inclino reverente la frente en homenaje solemne a todas las damas que, con abnegación y deleite, procrearon, amamantaron y encauzaron a sus proles por derroteros despejados e invulnerables. Rememoro, porque cautivaron mi corazón con el cariño y la devoción de mamás, a Georgina Pérez Trinidad (abuela), Zulema, Marcelina, Martha y Anita López; a Romita Féliz Carvajal y Aurelina Cuevas de Hernández. Desde la distancia, en Barahona y Santo Domingo visitaré visualmente sus panteones y colocaré, simbólicamente, capullos en sus frontispicios, y en el hogar encenderé velas para que iluminen sus almas.

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El Motín

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