Por José Valentín
Ramiro inclinó su brazo y dos monedas cayeron sobre mis manos, había sido la primera vez que alguien me hicies
e tan grato agasajo– gracias don Ramiro tartamudeé avergonzado, pero satisfecho por el obsequio. Le conocí desde siempre; delgado, de escasa cabellera, voz estridente, tez oscura y mirada profunda. Cargaba un revolver ceñido a la cintura como si se tratase de una especie de talismán al que rendía culto irrestrictamente.
Creído y de poca formación vanagloriaba su riqueza; beodo empedernido y tahúr hasta el tuétano solía manejar altas sumas de billetes que acariciaba con fogosidad hasta terminar con dolores en las yemas de los dedos y callos en las palmas de las manos. Le admiraba, exhibía una estrafalaria verborrea que me desconcertaba; en cuestión de segundos citaba decenas de escritores de diversas nacionalidades y fustigaba el imperio yanqui como nunca escuché a nadie hacerlo, excepto a Chávez.
Bailarín incansable, de personalidad jocosa, presumía de su atuendo. Bohemio de naturaleza y temperamento bipolar despampanaba todo a su alrededor, yo lo creía un intelectual, le admiraba.
Después y a medida que profundizaba en mis lecturas e investigaciones consuetudinarias perdí la virginidad ocular, aquella figura rimbómbate de voz estridente, tez oscura y mirada profunda comenzaba a perder mi admiración; se había convertido en un intelectual de papel, de cua
ndo en vez le veo, le abrazo y ensalzo pero ya no me deslumbra, su discurso es el mismo, se quedó suspendido en el tiempo; aún me habla de la caída del muro de Berlín y el facismo de Mussolini.
Sus historias me recuerdan a Edgar Allan Poe y su deslumbrante novela “Los crímenes de la calle morgue.”
Los años han pasado y dejó de usar su talismán en la cintura, no cuenta billetes y a veces luce desilusionado de la vida; lucha por mantener su espíritu jovial. Su pelo canúzco y ojos deprimidos delatan su inconformidad consigo mismo, divaga insensatamente y redunda una y otra vez en trivialidades.
Me han dicho que cada vez más pierde facultades audiovisuales y su insensatez por las cosas del pasado son mayores. En el pasado pulseaba con él, hoy le contemplo con tristeza; dejó de ser mi Jorge Eliécer Gaitán, Luke Harding, Gaetano Mosca, o más aún mi Norberto Bobbio, es un simple mortal al que la vida me obliga a querer y respetar, es un intelectual de papel.