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Preocupación con actitud de Donald Trump

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Bajó del helicóptero con la camisa abierta, la corbata roja colgando del cuello y su frondoso cabello dorado esta vez algo aplastado. Caminaba con una gorrita de “Make America Great Again” arrugada en la mano y el tinte naranja de su rostro lucía algo desteñido entre su mueca de fastidio y frustración. Así descendió Donald Trump, siempre muy puntilloso con su imagen, en la madrugada del domingo de su helicóptero que lo traía de vuelta a la Casa Blanca tras su acto de relanzamiento de campaña en Tulsa, Oklahoma.

Se dijo que uno de los motivos de la escasa concurrencia fue una masiva campaña de adolescentes antitrumpistas usuarios de la red social Tik ToK, que solicitaron entradas online para después no ir. La campaña desmintió públicamente esta ofensiva (en privado admiten que sí existió), y acusan a los “medios de comunicación falsos” que advertían a la gente que no fueran al acto por el coronavirus y al miedo a los manifestantes contra el racismo y la violencia policial que se congregaron en el lugar.

Pero, más allá de esta discusión, el acto reflejó lo que está pasando: Trump viene en picada y si no busca nuevas estrategias corre riesgo de perder la reelección en noviembre. La campaña esperaba usar el evento de Tulsa como un resurgimiento, cuando las encuestas lo muestran hoy 9,5 puntos debajo de su rival Joe Biden a nivel nacional (según promedio de RealClearPolitics) y también atrás por entre 5 y 6 puntos en estados clave como Florida, Pennsylvania y Wisconsin.

En un escenario completamente volátil, Trump aumentó su popularidad al inicio de la pandemia hasta llegar casi a un inédito 49% a fines de marzo, cuando daba conferencias de prensa todos los días en televisión mientras su rival estaba en el sótano de su casa. Pero sus insólitas declaraciones sobre posibles curas con ingesta de lavandina, y sus permanentes choques con los expertos de salud (de gran imagen entre la población) lo mostraron como alguien que no estaba a la altura de las circunstancias en comparación con otros líderes mundiales e incluso otros de cabotaje como el demócrata gobernador de Nueva York Andrew Cuomo.

Además, comenzaron a sentirse los efectos de la pandemia en la economía. Al principio la gente estuvo contenta con la rápida reacción de Trump y el Congreso, que aprobaron paquetes de estímulo de 1 billón de dólares en créditos e incluso inyectó 1.200 dólares cash en el bolsillo de buena parte de los ciudadanos. Pero el efecto duró poco y la incertidumbre sobre lo que viene aumenta. Ya hay un 13,3% de desocupados y la cifra de la semana pasada creció, a pesar de que ya hay muchos sectores que reabrieron. La recuperación asoma más lenta de lo que parece. Y, además, la estrategia de apurar las aperturas alentada por el presidente parece estar teniendo un efecto rebote que inquieta a la gente. En estados con salidas tempranas de cuarentena como Florida, Arizona y Oklahoma los contagios de Covid 19, lejos de bajar, están trepando a ritmo acelerado.

Pero el peor golpe a su imagen sucedió con las protestas tras el asesinato de George Floyd el 25 de mayo. Allí se mostró poco empático con la familia de la víctima y también con los manifestantes que pedían por justicia, fin del racismo y la brutalidad policial. Su discurso de “mano dura” y de desprecio por los que protestaban buscó seducir a sus votantes más conservadores, pero no registró que casi el 65% del país estuvo a favor de las marchas.

Su “paseo” frente a la Casa Blanca para sacarse una foto al lado de una iglesia atacada, poco después de ordenar despejarla a fuerza de gases lacrimógenos, buscó apuntalar su porte de comandante en jefe, pero tuvo efecto rebote porque desató fuertes críticas desde muchos sectores, pero sobre todo de líderes religiosos. Buena parte del sector cristiano evangélico (clave en su triunfo de 2016) está repensando sus opciones para noviembre. También sus seguidores más conservadores observaron con preocupación los dos fallos que emitió la Corte la semana pasada, uno a favor de los trabajadores gays y transexuales y otro que otorgaba protección a inmigrantes, dos sentencias “progresistas” en contra de los deseos de Trump.

Metido en este complicado panorama, noviembre se acerca y el presidente lo único que anhela desesperadamente es tiempo: para salir de la pandemia, para que la economía empiece a mostrar sus brotes y para levantar cabeza en las encuestas. El acto de Tulsa con asientos vacíos fue una gran alarma. Ahora tiene otro problema adicional porque por miedo al contagio muchos votantes preferirán sufragar anticipadamente por correo, algo que le quita aún más tiempo para recuperarse. Por eso está denostando vía Twitter el voto en sobres.

Es un escenario difícil para el presidente. Hoy está golpeado, sin dudas, y Biden, sin hacer nada, crece en las encuestas. Pero nada es definitivo: Trump es muy hábil, ha demostrado saber sacar conejos de la galera y el humor en Estados Unidos es muy volátil. Aún falta mucho para noviembre.

Clarín.com

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