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‘Los marxistas nos están lavando el cerebro’: la teoría de la conspiración que cala en cierta derecha

Sergio C. Fanjul

Cuando en 2011 el terrorista de ultraderecha Anders Breivik asesinó a 77 personas, la mayoría jóvenes del Partido Laborista Noruego, en la matanza de la isla noruega Utoya, justificó su acción como una lucha contra el ataque a Occidente por parte de musulmanes y marxistas. Su pensamiento (por llamarlo así) se adscribía a la teoría del marxismo cultural, según la cual en la destrucción del mundo libre colaboran el feminismo, el movimiento LGTBI, el ecologismo, el ateísmo, el multiculturalismo, etcétera, que han conseguido inocular el funesto virus de la “corrección política” que carcome la sociedad y nos lleva a un futuro totalitario. El marxismo sigue siendo fantasmal y sigue recorriendo el mundo, pero oculto en nuevas encarnaciones. Breivik decía luchar contra él.

El marxismo cultural es una teoría de la conspiración, común en el ámbito de la extrema derecha y la derecha alternativa, que asegura que la izquierda, incapaz de triunfar en el terreno político y económico, ha echado el resto para triunfar en el terreno cultural (entendiendo aquí cultura en sentido amplio, no solo los productos culturales). Toda la sociedad estaría impregnada por las ideas progresistas, víctima de un masivo lavado de cerebro. “No vamos a retroceder ante este lavado de cerebro marxista cultural y judío con el que hemos sido adoctrinados para ser idiotas útiles a las finanzas internacionales, el capitalismo y la guerra (…) simplemente queremos defender a los blancos de clase trabajadora, nuestros derechos y nuestra nación”, dijo el agitador de la alt-right estadounidense Mike Enoch en una manifestación.

Como en todo relato de este tipo, existen diferentes variantes, pero esta puede ser una bastante descriptiva: todo empezó cuando, después de la Revolución Rusa, el modelo soviético no consiguió exportarse a otros países. El filósofo Antonio Gramsci argumentó que era necesario lograr la hegemonía cultural, es decir, dominar el panorama del pensamiento, el arte, la educación, los medios de comunicación, el sentido común, las creencias, la moral. Si Marx había establecido que lo importante era transformar la base económica y que sobre ella reposaba la “superestructura” donde se encontraban las facetas culturales de la sociedad, el teórico italiano le daba la vuelta a la tortilla marxista. Esa tortilla incluía ahora a la cultura como ingrediente, era otro campo de batalla, y no menos importante.

Siguieron esa estela los filósofos de la Escuela de Fráncfort (Adorno, Horkheimer, Marcuse, sintetizadores de Freud y Marx) o los movimientos contraculturales y de Nueva Izquierda de los años sesenta. De aquellos barros estos lodos, dicen los convencidos, donde las minorías y las identidades conspiran contra el capitalismo, el cristianismo, la familia tradicional, el libre mercado, y logran acallar a la disidencia a través de la supuesta mordaza de la “corrección política”. Todo ello sería una triunfante traducción de la tesis de Marx al campo de la cultura: las citadas minorías serían el sustituto de la clase obrera como agentes de la revolución, la colonización se daría en buena parte a través de las universidades, infiltradas por estas ideas. Grandes empresas, gobiernos y partidos de casi toda tendencia habrían aceptado el marxismo cultural, en su vertiente ecologista, LGTBI o feminista.

“Esta teoría se enmarca en el rearme ideológico de la extrema derecha, que, desde finales de los noventa, antes en Estados Unidos y luego en Europa, decidió apostarlo casi todo a las guerras culturales. En su absurda sencillez, las teorías de la conspiración ofrecen una interpretación del mundo donde todo parece encajar. Por esto tienen éxito”, dice el historiador italiano Steven Forti, autor de Extrema derecha 2.0 (Siglo XXI). Es una forma eficaz, una historia sugerente, para viralizar ciertas ideas de ultraderecha en contra de un enemigo fantasmagórico y temible. Los dirigentes de Vox han aludido directamente a estas ideas. Por ejemplo, Santiago Abascal, líder del partido, ha señalado en ocasiones “la urgencia de frenar el marxismo cultural”. De manera similar, aunque no tan explícita, se ha pronunciado la política del PP Isabel Díaz Ayuso, con su sonoro lema “comunismo o libertad”, o el periodista Federico Jiménez Losantos, en cuyo libro La vuelta del comunismo (Espasa) advierte sobre esta amenaza y relaciona el feminismo asociado a la teoría queer con ese supuesto regreso del comunismo. Tienden a ver por doquier criptocomunistas dispuestos a destruir la libertad.

Tomar elementos reales para crear un relato alucinado es lo que hacen otras teorías como la del gran reemplazo
Hay quien ve trazas de lógicas similares en corrientes anteriores. “Como en el judeobolchevismo, el marxismo cultural homogeneiza vastos grupos de oscuros enemigos y les asigna un plan secreto para trastornar la sociedad”, escribe Samuel Moyn, historiador de la Universidad de Yale, en The New York Times. El miedo a los criptocomunistas de Hollywood, promovido por el senador Joseph McCarthy en los años cincuenta, y la subsiguiente caza de brujas, respondían a un patrón similar.

En estos días, y en ciertos sectores (muy notoriamente en las redes sociales), hasta el cambio climático se ve como un camelo para imponer una “dictadura verde”. Por supuesto, el magnate favorito de los conspiranoicos, George Soros, suele estar en el ajo. “Cuando Santiago Abascal habla de ‘dictadura progre’ o Donald Trump de ‘dictadura de lo políticamente correcto’, hablan a grandes rasgos de lo mismo”, señala Forti. Curiosamente, entre la izquierda, más que la sensación de haber dominado el mundo de manera subrepticia predomina la contraria: la de una derrota constante y un futuro incierto, con un capitalismo más fuerte y desregulado que nunca.

Mimbres de verdad
En realidad, hay parte de verdad en la teoría del marxismo cultural, por eso para muchos es creíble. Efectivamente, desde Gramsci y la Escuela de Fráncfort, a través de la contracultura y la Nueva Izquierda, la izquierda ha tenido cada vez más en cuenta las cuestiones culturales e identitarias. Sin embargo, “se trata de una teoría de la conspiración porque toma algunas tendencias de la realidad —el hecho de que la izquierda perdió peso en la clase obrera que a su vez se fue transformando— para armar un relato sobre una suerte de infiltración orquestada en las instituciones. Es la idea de que hay una especie de ejército de topos socavando la cultura occidental”, dice el historiador argentino Pablo Stefanoni, autor de ¿La rebeldía se volvió de derechas? (Clave Intelectual/Siglo XXI). Como señala el experto, muchas de las dinámicas que se atribuyen al marxismo cultural (la desestructuración de la familia, la pérdida de centralidad del hecho religioso, la mezcla de culturas, etcétera) son producto de las propias dinámicas del capitalismo posindustrial.

Tomar mimbres reales para crear un relato alucinado es algo que también hacen otras teorías de conspiración de la ultraderecha, como la del “gran reemplazo”, promovida por el francés Renaud Camus, que utiliza el reto migratorio para inventar un complot mundial de la “élites globalistas”, que pretenden sustituir a la civilización occidental por la islámica… en solo una generación. En general, este tipo de pensamiento trata de atribuir oscuras intenciones a ciertas tendencias políticas y sociales para así deslegitimarlas. Los críticos del supuesto marxismo cultural tratan de revivir el fervor anticomunista de la Guerra Fría, cuando el comunismo ya prácticamente no existe. “Es una especie de anticomunismo zombi para alimentar un sentimiento de amenaza existencial y amalgamar bajo la misma etiqueta demonizante propuestas ideológicas, evoluciones demográficas y culturales y procesos socioeconómicos que tienen fuentes distintas y heterogéneas”, concluye Stefanoni.

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