Juan Bosch

El golpe de Estado a Juan Bosch: herida abierta en la democracia dominicana

Por Jaime Bruno

Hoy se cumple un nuevo aniversario del golpe de Estado al profesor Juan Bosch, aquel 25 de septiembre de 1963 que aún resuena en la memoria histórica de la República Dominicana. Fue más que un simple quiebre institucional: representó la derrota de un proyecto democrático avanzado, apenas siete meses después de haber nacido en las urnas.

Con su llegada al poder, Bosch inauguró una era de esperanza. Promovió una Constitución moderna, garante de derechos fundamentales, que buscaba sentar las bases de una nación justa, donde los trabajadores fueran respetados, la tierra mejor distribuida y los recursos naturales estuvieran al servicio del pueblo. Era, en esencia, un intento de refundar la República tras las largas sombras de la dictadura trujillista.

Pero ese proyecto chocó con los intereses de las élites económicas, militares y eclesiásticas. Para quienes habían dominado bajo el despotismo de Trujillo, las reformas boschistas eran una amenaza directa. En plena Guerra Fría, el fantasma del “comunismo” fue usado como pretexto para justificar un golpe que en realidad defendía privilegios y perpetuaba desigualdades.

El 25 de septiembre de 1963, tanques y fusiles sustituyeron las urnas. El profesor Bosch fue expulsado del poder y enviado al exilio. En su lugar, un Triunvirato ilegítimo asumió la conducción del Estado, despojando al pueblo de la Constitución más avanzada que había conocido hasta entonces.

La traición a la democracia no apagó las aspiraciones de libertad. Apenas dos años después, en abril de 1965, el pueblo se levantó en armas reclamando el regreso de Bosch y la restitución de la Constitución. Aquella gesta patriótica fue sofocada por la intervención militar de Estados Unidos, que temía que la República Dominicana siguiera el camino de Cuba. Pero la semilla de la resistencia quedó sembrada.

El golpe a Bosch fue más que un episodio político: fue la negación de un proyecto de justicia social que, seis décadas después, sigue siendo referencia obligada para quienes sueñan con una República verdaderamente democrática. La Constitución de 1963 no es un documento muerto; es un símbolo de lo que pudo ser y aún debe ser conquistado.

Hoy, al recordarlo, no solo rendimos tributo a Bosch como estadista y maestro de la democracia, sino que reconocemos que su derrota fue también la derrota de un pueblo que apenas comenzaba a caminar libre. La memoria de aquel 25 de septiembre nos obliga a no repetir la historia y a continuar la lucha por una democracia real, inclusiva y soberana.

El Motín