Por Miguel Mejía
Todos sabemos que los valores son un conjunto de principios y normas que guían la conducta de las personas, definen su personalidad y les ayudan a tomar decisiones, así como a distinguir lo que es correcto y lo que no. Muchas personas de bien llevar sus valores se dotan de virtudes que les son reconocidas y admiradas.
Fomentar los valores humanos es un deber y compromiso de todos sin importar procedencia étnica, económica, religiosa, social, porque son las personas las responsables de construir ese código compartido por culturas en todo el mundo, con base en la ética y la moral que nos permite convivir de manera armoniosa en los diferentes ambientes y con quienes nos rodean.
Desde las familias, los partidos políticos y desde los gobiernos es fundamental promover los valores. Individuales y colectivos, en el marco de las leyes para poder garantizar instituciones fuertes, respetables y creíbles, cuidando la influencia externa sin rigor.
El mundo de hoy está trayendo cambios de conducta o de pensamiento que se verifican en determinado individuo como resultado de una serie de procesos comunicativos relacionados con la influencia social, provocando diferentes cambios en el comportamiento e incluso percepción de los demás. Esa influencia puede ser dirigida a un fin o sencillamente como respuesta a la presión de grupo. Esto lo estamos viviendo en nuestro país con la “autocreación” de ciertos personajes a partir de la influencia mediática y el mal uso de las redes sociales, con un uso y manejo descontrolado, incluida la inteligencia artificial, que les permite manipular situaciones de acuerdo a sus intereses y conveniencia. De este modo obtienen beneficios grupales que generalmente riñen contra las buenas costumbres y el interés del país.
Es incomprensible que las propias autoridades, en muchos casos, les han facilitado los espacios estatales a ciertos grupos a partir de sus influencers. Es aquí donde precisamente queremos llamar la atención.
Del espacio digital al Palacio
Sabemos que la internet y las redes digitales han alcanzado una posición y una popularidad importante, que con el buen uso contribuye a la toma de decisiones, a la vinculación de la sociedad, al fortalecimiento institucional, sabiendo separar esa popularidad del ejercicio de la autoridad moral del Estado y el Gobierno.
El encuentro con la prensa del presidente Luís Abinader, iniciado el 28 de agosto de 2023, al que denominó La Semanal, constituyó un relevante ejercicio democrático con esos interlocutores autorizados participantes y un espacio de diálogo con la población a través de los medios de comunicación.
De pronto LA Semanal cayó en un limbo, pero se buscaban otras alternativas institucionales formales para comunicar, independientemente de lo que se comunicara, beneficie o no a la población. La buena fe no debe confundirse con la autoridad moral en la política, independientemente de las debilidades institucionales o partidarias que en su momento de puedan identificar, procurando “ganar” nuevos adeptos, descuidando los valores éticos y morales. Este tipo de conciliación afecta la representación política y social y puede llevar a múltiples interpretaciones, como de hecho. El presidente debe reasumir aquella frase que dijo en 2025 “queremos hacer gobierno poniendo la oreja”. No es lo mismo escuchar que ceder a presiones interesadas.
El Gobierno actual, como los anteriores, tiene su vocero autorizado que debe actuar bajo las directrices del Jefe del Estado, por demás una persona de reconocida trayectoria profesional en la materia que le ocupa. Es el interlocutor del presidente y del gobierno.
Un interlocutor sacado del espacio digital vocinglero que ha construido su audiencia en base al populismo y la vulgaridad mediante el chantaje y la extorsión, para llevarlo al Palacio Nacional otorgándole autoridad social y legitimidad es una involución de nuestro proceso democrático y de los valores humanos. Somos partidarios de escuchar todas las voces en la pluralidad, pero ha de ser con criterio verdaderamente democrático, representativo y de la altura y respeto del debate.
Lo otro es que con esa complacencia se están construyendo outsider en la política dominicana, como ya se perfilan algunos aspirantes a la presidencia de la República para las elecciones de 2028, con base en el supuesto éxito que les otorgan los viu en sus redes digitales y las menciones de sus sobrenombres que hacen sus iguales y/o los confundidos.
Las situaciones internas de los principales partidos políticos y consecuentemente la crisis del sistema de partidos está fomentando esas aspiraciones de individuos que critican hasta las víceras las debilidades y deficiencias de políticas públicas presentándose como “salvadores” del descontento social para sumar simpatías. Algunos líderes políticos y sus partidos ven a esos personajes como opciones de respuestas a las situaciones internas y de credibilidad que enfrentan. Luego, vendrán los incumplimientos, el transfuguismo, y hasta sometimientos judiciales por actos de corrupción.
Como outsider son personas sin compromisos político ni social, ni responsabilidad institucional, más bien son mercaderes de la política y de las coyunturas que han construido un sobrenombre en base a la vocinglería, el lenguaje soez, el chantaje, el soborno, pretendiendo convertirse en interlocutores de nuevo cuño para las grandes masas.
Así vamos en la sociedad dominicana, donde los partidos políticos deben hacer un alto y retomar los valores éticos y morales en el ejercicio de la política y el Estado retomar y ejercer con prontitud y certeza su rol moral de la política frente a falsos valores de hoy.
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