Por Frank Núñez
No podemos olvidar la mañana del domingo 5 de mayo del 1996, a pocos días de las primeras elecciones a celebrarse en el nuevo modelo de doble vuelta, nacido con la anulación de los comicios anteriores debido a las comprobadas irregularidades comprobadas en el último gran enfrentamiento entre los entonces rivales partidos Reformista Social Cristiano (PRSC) y Revolucionario Dominicano (PRD), cuando debí cubrir una rueda de prensa en el palacio de la Policía Nacional, donde según las expectativas, se ofrecerían informaciones sobre un crimen que dividiría la sociedad dominicana en un antes y un después.
Ese día primaveral, el tema político, que atomizaba por doquiera a la nación, fue relegado a un segundo plano, hasta el punto de que tenía en agenda, tras mi salida del palacio policial, procurar entrevistas con el vicepresidente dela República, Jacinto Peynado y a la senadora del Distrito Nacional, Milagros Ortiz Bosch, para que nos dieran sus impresiones sobre el recién aclarado asesinato del niño José Rafael Llenas Aybar, de 12 años, a manos de su primo Mario Redondo Llenas, de 19, en complicidad con su amigo Juan Manuel Moliné Rodríguez, de 18.
Todo lo que observamos aquel soleado domingo de mayo nos pareció sorprendente e inaudito. El jefe de la Policía, mayor general Segundo Antonio Imbert Tessón (Tony), mientras ofrecía los detalles sobre el hallazgo del cadáver del niño Llenas Aybar, con unas 34 estocadas que le segaron la vida, en las aguas del Arroyo Lebrón, por el kilómetro 18 de la Autopista Duarte.
Al momento de pronunciar los nombres del niño asesinado y los jóvenes homicidas, el jefe policial conocido entre sus amigos como Tony Imbert, se fue en llanto y no pudo concluir las informaciones, delegando ese papel en el oficial que servía de director de Relaciones Públicas. Esa vez trascendió que tanto la víctima como los victimarios eran amigos inseparables de los hijos del alto oficial, todos de clase media alta, inscritos en los mismos colegios y asiduos a las mismas actividades, religiosas, artísticas y deportivas. El alto rango pareció no haber despojado de humanidad al funcionario, quien poco después fue sustituido, supuestamente por “aquella demostración de debilidad”.
Contrario a las leyendas urbanas más socorridas, de que los grandes crímenes se cometían en las barriadas empobrecidas, esta vez el escenario fue la zona donde viven los ricos, entre niños criados por “papi y mami”, con todos los privilegios y comodidades del mundo. Se habló de la idea original fue fingir un secuestro con una garantía de varios millones de pesos, lo que solo se quedó en un rumor.
De la Policía, acompañado de un chofer y un fotógrafo, “aterrizamos” en la casa del vicepresidente Peynado, quien al parecer no se había enterado de las últimas informaciones sobre el crimen, ya que comenzó a decirnos que exigía de las autoridades que hicieran todo lo necesario para dar con el paradero del niño, de manera que la paz retornara al seno de la familia Llenas Aybar.
La residencia del político y empresario quedaba en la avenida Pedro Henríquez Ureña con Alma Mater, y como ocurría con los hijos de Imbert Tessón, también los suyos eran conocidos del fenecido y sus verdugos. Los ojos de Peynado también se llenaron de lágrimas cuando le informé lo que ya nos había revelado el mayor general, P.N. Doña Margarita de Peynado, que estaba al lado de su esposo, al escuchar las informaciones policiales lanzó unas desesperantes expresiones de dolor. “! Ay, por qué le hicieron eso!”, gritó la dama visiblemente compungida”.
Milagros Ortiz Bosch, senadora del PRD, también reaccionó con lágrimas al conocer el desenlace fatal de la desaparición del niño Llenas Aybar, que mantenía en vilo al país desde la noche del viernes 3 de mayo. El Partido de la Liberación Dominicana (PLD), tercera organización política, según las estadísticas de entonces, no tenía una representación oficial como los partidos rojo y blanco, pero los cierto fue que aquel crimen llenó de luto a la sociedad dominicana, por la forma atroz de la acción cometida por quienes debieron velar por la seguridad del menor.
En mayo del 1996 la sociedad era muy diferente a la de mayo del 2026, cuando sale en libertado el asesino del niño Llenas Aybar tras cumplir 30 años de cárcel. Su cómplice, Moliné Rodríguez hace diez años que está en la calle tras cumplir una condena de 20 años en prisión. Aquel asesinato, con premeditación, alevosía y acechanza, fue revelador de que la sociedad estaba cambiando, con inicios fatales en el seno familiar.
Los asesinatos en el seno de las familias dominicanas se siguen registrando, con la saña que no ocultan las redes sociales, inexistentes en la época del homicidio que hoy recordamos. El auge de esos hechos tienen raíces que pueden ser identificadas para tratar de darle un giro saludable y humanizante a nuestra sociedad, pero es necesario desenmascarar los estilos de vida y las ideologías que sutilmente fomentan esos crímenes, con prédicas, adoctrinamientos y legislaciones que comienzan con la destrucción de la familia nuclear con la extensión de una agenda que se propone extinguir la nación entera.
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