“Sí, está bien, mami”.
Ese fue el último mensaje que Marilin Vargas recibió de su hija menor, Lorraine.
Esta madre de 63 años nos enseña su última conversación en WhatsApp frente a la sala de audiencias del Palacio de Justicia de Santo Domingo, que acoge una de las vistas preliminares de un caso que mantiene en vilo a todo un país.
Hace poco más de un año, en la noche del 7 al 8 de abril de 2025, Lorraine celebraba su 38 cumpleaños con tres amigos en Jet Set, la discoteca que durante tres décadas fue símbolo de la vida nocturna de la capital de República Dominicana.
Sobre el escenario, “la voz más alta del merengue”, Rubby Pérez, entonaba una de sus canciones insignia cuando el techo se vino abajo.
El derrumbe segó vidas sin distinción, desde profesionales como Lorraine —era médica internista— hasta conocidas figuras como el propio Rubby Pérez, las exestrellas de béisbol Octavio Dotel y Tony Blanco, y miembros de algunas de las familias más influyentes de República Dominicana.
Más de 180 personas resultaron heridas, algunas con secuelas permanentes, y al menos 174 menores quedaron huérfanos como consecuencia de la tragedia.
Un año después, el país trata de entender cómo pudo ocurrir y se pregunta si habrá justicia.
Frente a los tribunales donde se dirime la responsabilidad penal de los propietarios del Jet Set, el duelo convive con la espera entre los familiares de víctimas que exigen al juez una respuesta acorde a la magnitud de la catástrofe.
En la audiencia, celebrada el 27 de abril, también está Ana María Ramírez, odontóloga de 40 años que sobrevivió al derrumbe.
Recuerda entre lágrimas las horas que pasó bajo los escombros asida a la mano de una amiga, a su otra amiga que murió allí y las secuelas físicas que arrastra desde entonces.
Esta es la crónica de una noche de celebración que devino en la mayor tragedia humana de este siglo en República Dominicana.

El icónico Jet Set
Con artistas de primer nivel sobre el escenario, los “lunes de merengue” en el Jet Set eran todo un clásico de la vida nocturna de Santo Domingo.
El edificio, que originalmente fue un cine en los años 70, fue reconvertido en discoteca en los 90.
El Jet Set no entendía de edades o estratos sociales: casi todos los dominicanos a los que pregunto por este lugar, ya sean vendedores, taxistas, abogados o empresarios, aseguran haber tomado, bailado y compartido allí alguna vez.
La sala era propiedad de los hermanos Antonio y Maribel Espaillat.
Él es un conocido empresario, dueño de un importante grupo de medios de comunicación que controla gran parte de las emisoras de radio de República Dominicana, y de otras empresas de publicidad exterior y locales de ocio.
Maribel era la directora operativa del Jet Set.
“Los hermanos Espaillat son dos personajes conocidos de nuestro país. La familia siempre ha tenido dinero”, me explica la periodista de investigación Camila García Durán.
García Durán lleva más de un año reconstruyendo lo ocurrido aquella noche a partir de testimonios, documentos y pruebas que, en algunos casos, no les fueron proporcionadas a las propias víctimas ni a sus representantes legales.
En la misma mañana del 7 de abril de 2025, según revelan testimonios y materiales de la investigación, se produjeron incidencias relacionadas con el techo del local.
Aun así, abrió sus puertas y comenzó la fiesta.
Lorraine, según el relato de su madre, decidió prolongar en el Jet Set los festejos de su cumpleaños que había iniciado horas antes en un restaurante cercano.
Ana María llegó a la discoteca sobre las 22:15 con sus dos amigas: “Era bastante temprano y estaba prácticamente vacío”, recuerda.
El lugar comenzaba a llenarse y la noche, aparentemente, seguía su curso.
Algo va mal
Al inicio de la fiesta se produjo un alarmante primer incidente: según varios testigos, fragmentos de concreto y yeso cayeron sobre el hombro de un cliente asiduo, que fue atendido por el personal del recinto.
Ana María presenció la escena: “Se cae un primer pedazo de techo, que yo lo vi como un cuadrito de plafón (falso techo) y no reparé en que era algo de importancia”, explica.
Minutos después comenzó el concierto y la gente empezó a levantarse de sus mesas para bailar merengue.
Los testimonios y las pruebas recopiladas revelan que los problemas que presentaba el techo el día de la tragedia no eran un hecho aislado.
Las filtraciones de agua y los desprendimientos eran recurrentes desde hacía años, y para solucionarlos se aplicaron reparaciones puntuales que, visto lo sucedido, no abordaron el problema estructural del recinto.
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