POR ALBERTO QUEZADA
Uno de los rasgos más llamativos del actual panorama político dominicano no es únicamente la fortaleza del gobierno de Luis Abinader, sino la debilidad persistente de la oposición.
En una democracia sana, el equilibrio entre gobierno y oposición resulta esencial para la fiscalización, el debate de ideas y la corrección de errores. Sin embargo, a más de cinco años del cambio político de 2020, la oposición continúa sin encontrar el pulso que le permita desempeñar ese rol con eficacia.
El principal problema no ha sido la falta de temas para criticar. El gobierno ha enfrentado desafíos reales: inflación, corrupción, endeudamiento, reformas impopulares y cuestionamientos sobre la eficiencia de algunas políticas públicas.
No obstante, la oposición ha demostrado incapacidad para convertir esos flancos débiles en una narrativa coherente y sostenida. La crítica ha sido dispersa, episódica y, en ocasiones, más emocional que estratégica.
A ello se suma la ausencia de liderazgo renovado. Gran parte de los partidos opositores siguen anclados en figuras asociadas a gestiones pasadas que aún pesan en la memoria colectiva.
Lejos de representar una alternativa fresca, proyectan continuidad con prácticas que el electorado ya sancionó. Esta falta de renovación limita su credibilidad y refuerza la ventaja política del oficialismo.
Otro elemento clave es la desconexión con las prioridades ciudadanas. Mientras la población demanda soluciones concretas en empleo, seguridad y costo de la vida, la oposición suele concentrarse en disputas internas, cálculos electorales o denuncias poco explicadas. El resultado es una ciudadanía apática, que no percibe en la oposición un canal eficaz de representación.
Tampoco ha ayudado la fragmentación interna. Las luchas por liderazgo y candidaturas han debilitado cualquier intento de acción coordinada, tanto en el Congreso como en el espacio público. Sin unidad mínima, la oposición pierde fuerza institucional y visibilidad social.
El balance es claro: el gobierno de Abinader ha gobernado con una oposición débil, errática y poco propositiva, lo que reduce la calidad del debate democrático. Esto no exime al Ejecutivo de responsabilidad ni convierte automáticamente su gestión en incuestionable. Pero sí evidencia que, sin una oposición sólida, el sistema pierde uno de sus principales mecanismos de control.
Si la oposición aspira a recuperar relevancia, deberá renovarse, articular propuestas claras y reconectar con la ciudadanía. De lo contrario, seguirá siendo espectadora de un poder que avanza con comodidad, no tanto por sus propios méritos, sino por la torpeza de quienes deberían vigilarlo.
El autor es periodista y magíster en derecho y relaciones internacionales. Reside en Santo Domingo.quezada.alberto18@gmail.com



