
do mucha agua bajo el puente, y no todas las aguas son limpias. La dictadura de Ortega ha transformado mucho la idea romántica que teníamos de la revolución. Yo sigo conservando mi patrimonio sentimental, muy íntimo, de lo que hicimos. Son tiempos dolidos, porque han ocurrido dos cosas: los que defendimos la idea original del sandinismo hemos quedado a la defensiva, porque la gente tiende cada vez más a identificar sandinismo con Daniel Ortega, y eso se vuelve una mala palabra, así que hay una ola de repudio a Ortega e injustamente al sandinismo. Como si Sandino hubiera sido un bandido, que es lo que le decía Somoza. Si la figura del sandinismo, por estar ligada a un hombre que traicionó la revolución, resulta pulverizada, ¿qué le queda al país para sustentar su identidad? Este es un país pequeño. Sandino se alzó contra una potencia mundial que lo invadió militarmente. Él salió, con pocas armas, con pocos hombres, a defender Nicaragua de la intervención extranjera. Una gesta heroica. Esto que tenemos hoy es una dictadura atroz que encarcela, persigue, manda a gente al exilio, mete a antiguos compañeros en celdas de aislamiento, no pueden hablar con sus abogados, no pueden recibir comida de sus familiares, nadie los ha vuelto a ver, y es una dictadura que mete presos a los candidatos presidenciales… Eso va haciendo que la figura de Sandino vaya siendo lo contrario de lo que significó para nosotros. Es una gran tragedia. Yo sigo viviendo la revolución con ojos sentimentales, pero cada vez cuesta más separar esa idea de sandinismo que nosotros tuvimos en los años ochenta con la figura de Daniel Ortega el dictador.
me senté a escribir Adiós muchachos me dije que no quería que aquello fuera una memoria del desencanto ni de la venganza. Siempre he odiado la palabra “disidente”. Así que me puse a escribir unas memorias personales, de cómo dejé Costa Rica, de aquel exilio, y me fui a Nicaragua clandestino. Arriesgué mi vida sin