¿Por qué colapsó la educación?

Por Frank Núñez

Unas de las tantas anécdotas que se cuentan del gran Simón Bolívar, libertador de cinco pueblos sudamericanos, es que visitó a su maestro, Simón Rodríguez, para informarle sobre sus hazañas que independizaban del imperio español a Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú y Bolivia, expresándole jubiloso: “!ya tenemos patrias¡”. El relato indica que el maestro, tras felicitarlo, le dijo que esas patrias debían ser convertidas en naciones, compuestas por ciudadanos libres y pensantes. “Y ¿dónde se podrán formar esos ciudadanos?”, habría preguntado el heroico guerrero. “En la escuela”, respondió el educador, de acuerdo con el mismo anecdotario.

El maestro de Bolívar entendía que además de enseñar letras, números y teorías científicas, la escuela debía ser la gran formadora de ciudadanos que hicieran progresar las naciones, con apego a la moral, el civismo ético y el orgullo nacional arraigados en el ejemplo de sus mejores hombres y mujeres. El concepto de familia, en la que el niño abrevaba los principios fundamentales para la sana convivencia social, debía ser fortalecido en la escuela, al tiempo que recibía lecciones de matemática, gramática, historia y ciencias.

Desde los años 90, tras el fin del período histórico que se conoce globalmente con la Guerra Fría, los organismos internacionales inspirados en el neoliberalismo económico, entendieron que el ideal de la educación como formadora de ciudadanos debía sustituirse por la formación de consumidores. Al consumidor, formado para satisfacer las leyes del mercado, no tiene por qué interesarle la moral, la cívica y la verdadera historia de los pueblos cargadas de un heroísmo que ponía el interés nacional por encima del individual. Los valores del mercado comenzaron a sustituir los de la nación. El nacionalismo comenzó a ser socavado por el globalismo.

En la misma década que el sistema económico predominante  se encaminó a su expresión neoliberal, definida por el papa Juan Pablo II como “capitalismo salvaje”, comenzamos a observar los cambios que se introducían en la educación, bajo el liderazgo del experto costarricense Lorenzo Guadamuz, en lo que se conoció como Plan Decenal de Educación. Nuestras reflexiones las planteábamos en nuestra columna del entonces influyente periódico El Siglo, cerrado en el 2001, en perfecto estado de salud, en la que denunciábamos una conspiración contra el pensamiento crítico en la República Dominicana.

En la entrega del matutino correspondiente al sábado, 11 de noviembre del 1997, bajo la dirección de don Federico Henríquez Gratereaux, publicamos un artículo titulado “El pensamiento en la isla”, donde nos referíamos a las descalificaciones que nos hacíamos los dominicanos en lo que a la capacidad de pensar se refiere. De una etapa de contradicciones ideológicas, muchos intelectuales dominicanos se cobijaron bajo las sombrillas de ONGs financiadas por organismos internacionales, donde su participación se limitaba a repetir “recetas enlatadas pensadas en el extranjero”

Ante la extinción del pensamiento auténticamente dominicano, en momentos que se hablaba de la integración de todos los países al orden global, advertí que la entrada de República dominicana “al coro solo sería en calidad de relleno, en rol de papagayos como dicen algunos, y no con una voz debidamente caracterizada”.

La educación, que cuenta con recursos sin precedentes después de la entrada en vigencia del 4 por ciento del Producto Interno Bruto (PIB), fue sacudida en sus cimientos en todo el hemisferio, incluida República Dominicana, al sustituirse la formación de ciudadanos por la de consumidores. El pensamiento crítico y el civismo no son requisitos para el individuo esencialmente consumidor. El surgimiento de esa gran población de jóvenes conocidos como “los Ni Ni”, que ni estudian ni trabajan, tiene que ver con la nueva formación escolar.

Ocurre que el estudio, como recurso de progreso económico para satisfacer las exigencias del mercado, tiene un resultado a largo plazo. Entre el bachillerato y la formación universitaria pueden irse 16, 18 y 20 años. Luego hay que luchar para integrarse laboralmente y es posible que el salario no alcance para financiar una vida consumista. Los empleos y oficios no pagan para el carro que le está exigiendo la sociedad de consumo al joven, ni para costear las demandas de las jóvenes por las que pueda interesarse el mocetón, nacido en el siglo XXI. Por eso decide no estudiar ni trabajar, permaneciendo como un mantenido de los padres, o dedicándose a quién sabe qué tipo de travesuras.

En los tiempos que operaba un sistema educativo que elevaba la aceptación del joven por su formación ciudadana, dándole tiempo prudente para el crecimiento económico y social, no podía haber “Ni Ni”, porque la mayor riqueza de un joven  era el joven mismo, que valía por lo que era y no por lo que tenía o aparentaba tener. Tiene razón la ministro de la Mujer Gloria Reyes cuando dice que “no es fácil ser hombre en la República Dominicana, porque para un joven invitar una novia a cenar tiene que ir montado y con dinero”.

Al joven hoy la sociedad le está haciendo exigencias que antes del colapso de la educación eran dirigidas a hombres maduros, que tuvieron el tiempo de crecer económica, profesional y socialmente. El sueño y la esperanza, que antes caracterizaban a los jóvenes, no satisfacen las leyes del mercado, que exigen el éxito económico inmediato para la demanda consumista. En el mismo paquete vinieron la ideología de género, con “el empoderamiento de la mujer”, el feminismo, la promoción de los grupos LGTBI, el sabotaje a la familia nuclear, la venta y el consumo de estupefacientes otrora desconocidos en la sociedad dominicana.

El reciente informe PISA 2025 sobre la educación en República Dominicana, dado a conocer este septiembre del 2026, elaborado por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), con mediciones similares en 80 países, revela como el colapso de la familia guarda relación con el de la educación.

De formadora de ciudadanos, el sistema educativo se convirtió en escuela de consumidores. En el 2022, el 65 % de los estudiantes dominicanos  expresó que sus padres les preguntaban al menos una vez por semana por sus clases, lo que bajó a 49 % en el 2025. En el 2022, un 56 por ciento reveló que conversaba en el mismo período con padres o tutores sobre problemas que pudieran tener en la escuela, desplomándose a un 37 % en 2025.

El informe PISA demuestra que pese a los avances experimentados por la sociedad en tecnología y crecimiento económico, el elemento humano, comenzando con la familia y la formación ciudadana, han colapsado, en República Dominicana y otros países hermanos. No se trata de nostalgias sin no de preocupantes realidades, en un modelo que prefirió al consumidor antes que al ciudadano.

El Motín