La obstinación en política

POR ALBERTO QUEZADA

 La obstinación en política no es terquedad. Es arrogancia con corbata. 

Es la decisión consciente de un liderazgo de poner su ego por encima de la institución, de la gente y hasta de la aritmética electoral. Y cuando eso pasa, los partidos no se caen. Los empujan.

 El primer acto de la obstinación es secuestrar el futuro. Un partido que se respeta disputa. Debate. Elige. Un partido obstinado designa. Busca un candidato sin base, sin calle, sin historia, pero con una virtud indispensable: que no piense. 

 Que firme. Que obedezca. Se le llama “continuidad”, pero es miedo. Miedo a que un liderazgo nuevo tenga opinión propia y le cobre factura al que se va.

 El segundo acto es usar la maquinaria del Estado como andamio personal. Se activan obras, se encienden los spots, se mueven alcaldes, se compran silencios con cargos. Todo para sostener lo que la gente ya rechazó en la esquina. Las encuestas internas que duelen se guardan en un cajón. Las voces que advierten se mandan a “hacer disciplina”. La disciplina, en boca del obstinado, siempre significa: cállate y aplauda.

 El tercer acto es el más cobarde: culpar a las bases. Cuando el resultado llega y es malo, el discurso cambia. “La gente no entendió”. “Fue una campaña sucia”. “Nos traicionaron”. Nunca: “nos equivocamos al imponer”. Nunca: “nos aferramos demasiado tarde”. 

 La obstinación confunde lealtad con sumisión. Y confunde poder con propiedad. Cree que el partido es suyo porque lo cargó 20 años. Olvida que los partidos no se heredan. Se ganan cada 4 años, en la calle, con propuestas, no con decretos de palacio.

 La factura es inevitable. Llega en forma de derrota histórica. Llega con una militancia huérfana que aprendió que no vale el trabajo de base, vale el pasillo. Llega con un electorado que castiga la soberbia de creer que el poder es eterno. 

 Soltar a tiempo es de estadista. Aferrarse hasta romperlo todo es de capataz. El estadista entiende que los ciclos se acaban. El capataz cree que sin él no hay nada. Y termina comprobando que sin él, y por su culpa, no queda nada.

 La política no premia al más fuerte. Premia al que oye. Al que corrige. Al que entiende que liderar también es irse. 

 La obstinación, en cambio, solo deja ruinas, fotos viejas y un partido preguntándose cómo fue que llegó tan lejos para caer tan rápido.

 *El autor es periodista y magíster en derecho y relaciones internacionales  Reside en Santo Domingo. Quezada.alberto218@gmail.com

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