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Mi dolor en silencio

Por Miguel Mejia

En la vida se nos presentan temas y situaciones tan personales y privadas que uno quisiera mantenerlas en la estricta intimidad; pero la labor publica de cara al pueblo y teniéndole como centro de nuestro accionar, la diversidad de amigos y compañeros en todo el mundo, nos sitúa en el deber de compartirlas con la misma claridad y firmeza que caracteriza nuestra práctica cotidiana en todo el quehacer en que nos desempeñamos y por el que nos hemos dado a conocer, desde los primeros años de vida.
El tránsito de mi dolor en el silencio comenzó finalizando el pasado mes de julio, cuando retomé mis chequeos médicos de rutina que acostumbro realizar cada año, tanto en mi país como en el exterior, y por la pandemia del covid-19 no pude realizar el pasado año. A finales de julio pasado, visite mi gastroenterólogo en Nueva York, el prestigioso doctor Peter Distler, quien, mediante un estudio de endoscopía y colonoscopía, detectó una pequeña lesión en el estómago y de inmediato tomó las muestras para estudio patológico, resultado que me comunicó estando ya en mi país, específicamente el día 2 de agosto.

Tenía un adenocarcinoma quirúrgico de 3 mm, en fase inicial. Al recibir esta noticia, tuve el impacto psico-emocional que causa en todo ser humano una información como esta, máxime cuando uno se siente bien orgánicamente y dedica tiempo a los asuntos de la salud, como es mi caso. Me sobrepuse a ese estado emocional y comencé una serie de consultas y cruce de opiniones, a todos los niveles de mis relaciones clínicas, científico-médicas, políticas, a sabiendas de que debía afrontar esta nueva situación de mi vida con toda la entereza, seguridad y acierto en la toma de la decisión correcta. Mi cardiólogo, el doctor Jacinto Mañón, al informarle esto, me recomendó tratarme dicha lesión fuera del país. Por sugerencia del doctor Distler, de inmediato me sometí en mi país a los estudios correspondientes para determinar que esta lesión no había afectado otros órganos de mi cuerpo, como de hecho fue verificado.

Cuando ya tenía diversas opiniones, todas muy calificadas, comencé a estudiar las posibles opciones clínicas donde decidiría realizarme el procedimiento de la cirugía, lo cual no estaba en dudas en cuanto a su realización, aunque si debía tener la seguridad de contar con un buen equipo médico multidisciplinario que me orientara con criterios científicos el tipo de cirugía y el tratamiento correspondiente. En estas indagatorias, me situé frente a las tres opciones que se presentaron: España, Brasil y Estados Unidos. En menos de una semana después del diagnóstico y pese a la insistente sugerencia de mi gastroenterólogo para que fuera a Estados Unidos, decidí viajar a España, donde tengo unas relaciones hace años con amigos y médicos del prestigioso centro hospitalario Vista Hermosa, en la Ciudad de Alicante, donde había estado en el año 2017.

Mi experiencia en España

Llegué allí el día 11 de agosto y de inmediato comencé las entrevistas médicas, consultas y estudios clínicos y de telemedicina, bajo la coordinación del doctor Gorka Nagore y del director del referido centro hospitalario, confirmándose lo que se había detectado y las aparentes características. Me informaron con detalles el tipo de cirugía que sugerían, la cual debía ser abierta y con posibilidad de quimioterapia posterior según resultado del estudio patológico, porque con los estudios practicados no se identificaba la ubicación exacta de la lesión en las capas estomacales ni el compromiso de los ganglios linfáticos.
Seguro y ya bien informado de que este tipo de procedimientos resulta distinto según las diferentes escuelas científico-médicas, no vacilé en realizar otras consultas y cruzar las diversas opiniones, reitero, todas muy calificadas; durante las distintas consultas recibí la información de que mediante una eco endoscopia era seguro conocer la profundidad exacta de la lesión. Es así que me trasladé a Madrid, al Centro Hospitalario Universitario Moncloa, donde me acompañó el prestigioso médico Julio de España; allí nos recibió el subdirector del centro, y después de los estudios requeridos, al día siguiente nos entrevistamos con el Jefe de Cirugía, quien, según su escuela, nos explicó, de forma gráfica, el tipo de cirugía que podría realizarse en mi caso (no invasiva), sustentado en las características de la lesión, incluyendo la no afectación de otros órganos ni de los ganglios linfáticos, reiterando que esa era su opinión individual y que el caso sería sometido al Comité de Tumores del hospital que se reúne cada semana, para conocer su opinión. Oportunamente, me comunicó que dicho Comité había corroborado su opinión, no significando esto que él incidiera. Esta opinión ratificaba mi tesis sobre las distintas escuelas.

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El Motín

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