
Por: Jaime Bruno
“La República Dominicana no puede convertirse en ‘La Casa de Alofoke’ durante cuatro años”
Santiago Matías, “Alofoke”, ha conseguido algo que muy pocos comunicadores dominicanos pueden exhibir: construir desde abajo un poderoso ecosistema mediático, conectar con millones de personas, comprender los códigos de una parte importante de la juventud y convertir su nombre en una marca con enorme capacidad para generar audiencia, conversación y dinero.
Eso merece ser reconocido.
Pero precisamente por haber llegado tan lejos, su decisión de internarse en el campo minado de la política podría convertirse en el error más costoso de su carrera.
Porque una cosa es conquistar el algoritmo y otra muy distinta conquistar la confianza de una nación.
Una cosa es producir entretenimiento, controversias, entrevistas y espectáculos capaces de generar millones de reproducciones; otra es presentar ante el país una visión de Estado, defenderla frente a economistas, juristas, empresarios, trabajadores, académicos, periodistas y adversarios políticos, y convencer a millones de ciudadanos de que se posee la preparación, el equilibrio y el equipo necesarios para conducir los destinos de la República Dominicana.
Por eso me atrevo a plantear una hipótesis que algunos considerarán prematura:
la entrada de Santiago Matías a la política podría representar el principio del fin de su reinado como influencer.
Los seguidores no caben automáticamente en una urna
Existe una peligrosa confusión en la era digital: creer que millones de seguidores equivalen a millones de electores. No es así.
El seguidor busca contenido. El elector entrega poder.
El primero puede seguir a una persona porque lo entretiene, porque le causa curiosidad, porque genera controversias o, incluso, porque quiere observar aquello con lo que no está de acuerdo. El segundo debe decidir quién administrará el presupuesto nacional, conducirá la política exterior, nombrará funcionarios, enfrentará crisis económicas y de seguridad y asumirá decisiones que afectarán a más de diez millones de dominicanos.
Entre un “view” y un voto existe un océano
Colombia acaba de ofrecer ejemplos extraordinarios. En las elecciones legislativas de marzo de 2026, Felipe Saruma, creador de contenido con millones de seguidores, Noticias Caracol señalaba más de 11 millones solamente en TikTok, obtuvo alrededor de 44,000 votos y no alcanzó una curul. Pechy Player consiguió unos 24,600 y tampoco llegó al Congreso.
Más dramático todavía fue el caso de Betsy Liliana “Lily” Díaz, hija del legendario Diomedes Díaz. Su notoriedad, apellido y presencia mediática no fueron suficientes: obtuvo 3,719 votos, apenas el 0.34% de los sufragios del Atlántico, quedando fuera de la Cámara de Representantes.
México ofrece otra lección: el actor y presentador Alfredo Adame aspiró en 2021 a una diputación federal. Su enorme notoriedad televisiva no se convirtió en respaldo político: terminó con aproximadamente 1,119 votos, apenas 0.76%.
Hasta una figura popular de la dimensión de Paquita la del Barrio descubrió la diferencia entre llenar escenarios y llenar urnas. En su candidatura a diputada local en Veracruz obtuvo 13,137 votos, alrededor del 9.52%, y perdió la elección.
La enseñanza es sencilla:
La fama puede colocar un nombre en la boleta; no necesariamente coloca a una persona en el poder. Alofoke ya entró al terreno donde todo se pregunta y hasta ahora, Santiago Matías ha sido fundamentalmente quien pregunta. En política ocurrirá exactamente lo contrario, de manera que ahora las preguntas serán para él.
¿Quiénes financiarán su proyecto?
¿Cuánto cuesta construir la estructura nacional que necesitaría?
¿Cuál es su patrimonio real?
¿Cuál es el origen de sus ingresos?
¿Cuáles empresas posee?
¿Cuáles son sus pasivos?
¿Cuáles son sus relaciones comerciales?
¿Cuánto paga en impuestos?
¿Cuáles contratos ha tenido?
¿Quiénes serían sus principales colaboradores?
¿Qué intereses económicos rodearían eventualmente su candidatura?
¿Cuál es su posición sobre deuda pública, déficit fiscal, reforma tributaria, seguridad social, migración haitiana, educación, salud, seguridad ciudadana, política energética, relaciones internacionales, inversión extranjera y reforma institucional?
Y esto no constituye persecución, eso se llama escrutinio democrático.
El propio Matías habló públicamente en 2022 de un patrimonio valorado por él entre ocho y diez millones de dólares, aclarando entonces que más de la mitad correspondía a deudas. También habló de propiedades, vehículos y de los costos operativos de su empresa.
Nada de eso demuestra irregularidad alguna. Pero en política cada declaración económica pronunciada durante años puede regresar convertida en pregunta, esa es precisamente la diferencia.
El influencer administra su imagen, el candidato entrega su vida pública al escrutinio.
El precedente de Pablo Escobar y una aclaración necesaria
Aquí conviene utilizar con extremo cuidado un ejemplo histórico: Pablo Escobar. No estoy comparando a Santiago Matías con Pablo Escobar. Hacerlo sería irresponsable y absurdo.
El ejemplo sirve exclusivamente para demostrar cómo la entrada en política puede multiplicar exponencialmente el escrutinio sobre una figura pública y su patrimonio.
Escobar llegó como suplente a la Cámara de Representantes colombiana en 1982. Su incursión política lo colocó bajo una exposición institucional y periodística mucho mayor. El ministro de Justicia Rodrigo Lara Bonilla confrontó públicamente sus antecedentes y actividades criminales; aquel proceso contribuyó a destruir sus pretensiones de legitimidad política.
Naturalmente, los hechos criminales de Escobar pertenecen a una dimensión completamente distinta y no existe comparación moral alguna con Matías.
La enseñanza histórica es otra: cuando alguien entra en política, sus adversarios comienzan a investigar aquello que sus admiradores nunca preguntaron, y en ese terreno no existen algoritmos capaces de borrar el pasado.
La política también puede devorar fortunas
Existe otra fantasía peligrosa: pensar que disponer de dinero garantiza competitividad electoral. Ross Perot era multimillonario cuando decidió desafiar el sistema bipartidista estadounidense en 1992. Construyó una de las candidaturas independientes más importantes de la historia moderna norteamericana y obtuvo cerca del 19% del voto popular… pero perdió.
Los registros de la Comisión Federal Electoral estadounidense muestran gastos de campaña de aproximadamente US$64.7 millones, financiados en enorme proporción con recursos propios. No perdió su fortuna, y sería incorrecto afirmarlo. Pero demostró algo importante: incluso una extraordinaria cantidad de dinero puede desaparecer dentro de una campaña sin producir la victoria.
La política es una maquinaria costosa
Organización territorial, locales, transporte, publicidad, encuestas, abogados, técnicos electorales, delegados, movilización, tecnología, comunicaciones y miles de personas trabajando simultáneamente convierten cualquier proyecto presidencial serio en una operación infinitamente más compleja que administrar un canal de YouTube.
Y Santiago Matías pretende algo todavía más difícil: construir su propia organización.
La Junta Central Electoral estableció el 20 de febrero de 2027 como fecha límite para presentar solicitudes de reconocimiento de nuevas organizaciones políticas de cara al proceso electoral de 2028. El reloj está corriendo.
De fenómeno mediático a posible fenómeno electoral
Una encuesta divulgada en julio de 2026 colocó a Matías con 6.3% de intención de voto dentro de un escenario presidencial hipotético. Eso, tratándose de alguien sin trayectoria partidaria tradicional, constituye un dato que merece atención.
Incluso algunos artículos de opinión consideran que Alofoke podría convertirse en un outsider competitivo en 2028, precisamente por el desgaste de los partidos tradicionales y su extraordinaria conexión con sectores jóvenes y populares. No debemos ignorarlo.
Pero tampoco debemos confundir una fotografía electoral tomada a dos años de las elecciones con una candidatura presidencial consolidada.
Una encuesta mide simpatía en un momento determinado, gobernar exige mucho más, no basta con comunicar: hay que saber qué comunicar, y aquí aparece quizás la mayor debilidad del proyecto político de Alofoke. Matías ha demostrado saber cómo comunicar, ahora tendrá que demostrar qué tiene que comunicar, porque una candidatura presidencial no puede sostenerse indefinidamente sobre frases virales, controversias, ocurrencias o capacidad para dominar las tendencias digitales.
Llegará el momento de sentarse frente a especialistas.
Llegará el debate.
Llegarán las entrevistas políticas de profundidad.
Llegarán las preguntas sobre el presupuesto nacional.
Sobre el Banco Central.
Sobre la deuda.
Sobre Haití.
Sobre relaciones con Estados Unidos, China y organismos multilaterales.
Sobre electricidad.
Sobre reforma fiscal.
Sobre educación.
Sobre seguridad social.
Sobre el Código Penal.
Sobre institucionalidad democrática.
Y entonces no importarán los millones de seguidores, importarán las respuestas.
La preparación académica puede ayudar, pero tampoco debemos cometer el error elitista de sostener que solamente quien posee determinados títulos universitarios puede gobernar. La historia demuestra lo contrario.
Lo imprescindible es capacidad de comprender problemas complejos, rodearse de personas competentes, construir equipos, escuchar posiciones contrarias, formular políticas públicas y tomar decisiones responsables. Eso no se improvisa frente a una cámara.
El peligro de convertirse en instrumento de otros
Existe además una interrogante legítima alrededor de toda candidatura outsider:
¿quiere realmente llegar al poder o terminará siendo funcional a quienes ya lo tienen?
Algunos articulistas dominicanos ya han planteado como hipótesis política, no como hecho demostrado, que una candidatura de Alofoke podría terminar fragmentando determinados segmentos del voto opositor. No existe evidencia suficiente para afirmar que su proyecto haya sido creado con ese propósito, pero la pregunta política es válida.
Porque un candidato puede perder las elecciones y, sin embargo, modificar decisivamente sus resultados.
Un 3%, 5% o 7% puede no servir para ganar la Presidencia, pero podría resultar suficiente para impedir que otro candidato gane en primera vuelta, modificar alianzas o alterar quién pasa a una segunda ronda.
Entonces surge una pregunta que Matías tendrá que responder con hechos:
¿Alofoke está construyendo un proyecto para gobernar o corre el riesgo de convertirse en una pieza dentro del tablero estratégico de políticos mucho más experimentados que él?
Ahí está otro peligro del outsider. Entrar creyéndose jugador y descubrir demasiado tarde que alguien más lo estaba jugando a él.
Cuando las pasiones políticas sustituyen al entretenimiento
Existe además un peligro mucho más serio, la política genera pasiones. Sabemos que en el entretenimiento, una controversia puede generar millones de reproducciones y convertirse en negocio, pero en política, una palabra irresponsable puede producir consecuencias impredecibles.
El asesinato del activista conservador estadounidense Charlie Kirk en septiembre de 2025 constituye un recordatorio extremo de hasta dónde puede llegar la violencia política. Los fiscales han sostenido que fue atacado por sus posiciones políticas y religiosas, aunque la defensa cuestiona elementos de esa interpretación del móvil.
No debe utilizarse semejante tragedia para insinuar que una víctima provoca su propio asesinato. Eso sería moralmente inaceptable.
La enseñanza es diferente:
cuando una figura abandona exclusivamente el entretenimiento y entra en la confrontación política, cambia también la naturaleza de la exposición pública que enfrenta.
La retórica tiene consecuencias, porque las palabras pesan y quien aspire a dirigir una nación necesita comprender que ya no habla solamente para entretener a sus seguidores.
Habla para una sociedad completa, influenciar no significa liderar, y este quizás sea el error conceptual más importante.
Un influencer y un líder pueden compartir algunas características, pero no son necesariamente lo mismo.
El influencer consigue atención, el líder consigue confianza.
El influencer identifica tendencias, el líder debe anticipar consecuencias.
El influencer puede crecer polarizando, el gobernante tiene que administrar incluso para quienes lo detestan.
El influencer vive muchas veces de mantener permanentemente encendida la conversación, el estadista, en ocasiones, tiene que apagar incendios.
Y ahí Santiago Matías tendrá que decidir qué quiere ser, porque no podrá comportarse eternamente como Alofoke y pedir simultáneamente que la sociedad lo evalúe como jefe de Estado.
El mayor capital que podría poner en peligro
Paradójicamente, el principal riesgo de Santiago Matías quizás no sea perder unas elecciones, sería perder aquello que ya conquistó. Matías construyó durante años una audiencia gigantesca, una marca, empresas, relaciones comerciales y una capacidad extraordinaria para colocar temas en la conversación nacional.
La política puede partir esa audiencia, cada posición que adopte puede alejar seguidores, cada candidato que ataque puede convertir admiradores en adversarios, cada propuesta económica puede enfrentar intereses, cada alianza política puede decepcionar a una parte de su comunidad, cada investigación periodística puede abrir nuevas controversias y cada derrota electoral puede perforar esa imagen de invencibilidad que constituye parte importante de cualquier imperio mediático.
Por eso la Presidencia podría convertirse para Alofoke en una apuesta extraordinariamente costosa: arriesgar un reino que ya posee para conquistar otro para el cual todavía no ha demostrado estar preparado.
El algoritmo no gobierna
Santiago Matías tiene todo el derecho constitucional y democrático de aspirar, también tiene derecho a demostrar que quienes dudamos de su preparación estamos equivocados; Pero el pueblo dominicano tiene un derecho todavía mayor: exigirle exactamente el mismo nivel de escrutinio que exigiría a cualquier político tradicional.
Incluso más, si pretende presentarse como alternativa a ellos.
Que explique su proyecto, que presente sus propuestas, que identifique su equipo, que explique cómo financiará su organización, que diga qué República Dominicana imagina dentro de veinte años, que demuestre conocimiento del Estado y que abandone progresivamente el personaje cuando las circunstancias exijan al estadista. Porque gobernar una nación no es producir un reality show.
La República Dominicana no puede convertirse en “La Casa de Alofoke” durante cuatro años.
Aquí no habrá botón para abandonar voluntariamente la competencia cuando aparezcan los problemas, no habrá edición para eliminar los errores, y no habrá algoritmo que convierta automáticamente una mala decisión económica en tendencia positiva. Los problemas nacionales son reales y sus consecuencias también.
Santiago Matías construyó su imperio comprendiendo antes que muchos otros hacia dónde se dirigía la comunicación digital dominicana. Ese talento sería absurdo negarlo.
Pero quizás ahora esté cometiendo precisamente el error contrario: creer que porque aprendió a dominar un mundo, está preparado para dominar otro completamente diferente.
La política ha enterrado reputaciones, carreras y fortunas. También ha demostrado que algunos outsiders pueden triunfar; por eso sería intelectualmente deshonesto afirmar que la política pertenece exclusivamente a quienes han hecho de ella una profesión.
Pero existe una diferencia gigantesca entre tener derecho a aspirar y estar preparado para gobernar. Alofoke ya conquistó millones de pantallas, ahora pretende conquistar el Palacio Nacional y podría descubrir, demasiado tarde, que los millones de personas que están dispuestas a verlo no necesariamente están dispuestas a entregarle las llaves de la República.
Un verdadero campo minado.
Si Santiago Matías no comprende rápidamente la diferencia entre influencia, liderazgo y capacidad de Estado, su aventura presidencial podría terminar no con el nacimiento de Alofoke como político, sino con algo mucho más paradójico:
el principio del fin de Alofoke como influencer.