POR ALBERTO QUEZADA
Cada vez que una encuesta electoral revela que la opción “ninguno” aumenta entre los ciudadanos, la clase política suele interpretar el dato como un problema de comunicación, de campaña o de imagen.
Sin embargo, el fenómeno es mucho más profundo. Lo que reflejan esos números es una crisis de representación que se ha venido incubando durante más de dos décadas en la sociedad dominicana.
La desaparición del escenario político de Juan Bosch, Joaquín Balaguer y José Francisco Peña Gómez marcó el final de una época. Más allá de las diferencias ideológicas y de los juicios históricos que merecen sus trayectorias, aquellos líderes tenían una característica común: despertaban identidad, pertenencia y compromiso.
La gente no solo votaba por ellos; se sentía parte de una visión de país.
Con su partida, la política dominicana inició una transición hacia un modelo más pragmático y menos doctrinario. Los partidos conservaron sus símbolos y estructuras, pero fueron perdiendo capacidad para inspirar lealtades duraderas.
La militancia cedió espacio al marketing político; las ideas fueron sustituidas por estrategias electorales; los proyectos colectivos dieron paso a liderazgos cada vez más coyunturales.
Mientras tanto, una nueva generación de ciudadanos creció sin vínculos emocionales con las tradiciones políticas que marcaron el siglo XX. Para muchos jóvenes, los partidos ya no representan causas ni aspiraciones, sino maquinarias electorales distantes de sus preocupaciones cotidianas.
El resultado es visible en las encuestas: crece el número de personas que no se identifica con ninguna organización política. No se trata necesariamente de apatía. Tampoco de indiferencia.
En muchos casos es una forma silenciosa de protesta frente a una oferta política que no logra generar confianza ni entusiasmo.
La opción “ninguno” se ha convertido en el principal partido invisible de la República Dominicana. No tiene sede, ni dirigentes, ni financiamiento, pero aumenta elecciones tras elecciones y encuestas tras encuestas.
Su crecimiento debería preocupar a todos los actores políticos, porque revela una ciudadanía más escéptica, más crítica y menos dispuesta a otorgar confianza automática.
La verdadera pregunta no es por qué crece el “ninguno”. La pregunta es quién será capaz de llenar el vacío de representación que dejaron los grandes liderazgos de la historia política dominicana.
El autor es periodista y magíster en derecho y relaciones internacionales. Reside en Santo Domingo.quezada.alberto28@gamail.com
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