Anuncios
El presidente Luis Abinader, la vicepresidenta Raquel Peña y el secretario administrativo de la Presidencia, Ignacio Paliza.

El presidente y los pedilones

Periodista Oscar López Reyes.

Por Oscar López Reyes

Los pedigüeños que se sientan a las puertas anchas de las iglesias, levantando gorros y canastos con una mano, se revelan como chivitos jartos de jobos comparados con los pedilones profesionales: empresarios, políticos y ciudadanos de distintos tamaños y colores que ven al presidente de la República en el Palacio Nacional o en cualquier esquina. Y no se entiende por qué a éstos no se les avientan los buches ni se les caen los dientes de tanto pordiosear. ¡Ave María Purísima!

Antes y después de las misas, inválidos, ciegos, sordomudos, ancianos con mal de Parkinson y una hilera de achaques suplican con sus ropajes estropeados y sus miradas de conmiseración. Y verbalizan flamantemente mentirosos trajeados y bien peinados, gordos, homosexuales, mujeriegos en roles de legisladores, directivos comunitarios con miserias en sus rostros enclenques, tacaños explotadores que comandan unidades productivas, actores, malapagas con excusas e inversionistas parecidos a astronautas.

Los únicos que no le solicitan ni un caramelo al Dios de carne y huesos (perdón: a su excelencia u honorable) son sus guardaespaldas, porque en ese instante quedan amarrados con los uniformes hechos tajos a navajazos. Tampoco altos oficiales castrenses con caras serias, ya que tienen una isleta agachada para coger, sin disparar un solo tiro, papeletas bajadas de los cielos.

El antiguo jefote cabeza de la Nación apellidado Trujillo contestaba las cartas que llegaban a su despacho, pero las solicitudes del actual Mandamás no caben en el Faro a Colón: empleos y más empleos, algunos hasta para barrer el frente de su casa o recoger las hojas secas que caen en la mansión presidencial, y no conocemos si en secreto le han pedido un beso en las mejillas, un pedazo de cielo, que prohíba que cada hombre no tenga más de una mujer y otras peras al olmo.

Más del “90%” de los que logran conversar con el jefe de Estado tiene un propósito único: PEDIR…., haciendo piruetas verbales, y jamás cantarle, recitarle un poema, echarle un cuento o deleitarlo con un violín para que se relaje, mucho menos para darle consejos. Buscar un decreto y la aprobación de un proyecto o una obra socio-comunitaria resume el contacto, con previos arreglos personales, como limpiarse bien la boca con servilletas y poner la fe en el pico de la montaña.

Los pedigüeños velludos de las iglesias, los brujos, borrachos y los militares que han sido botados por leer la Santa Biblia más que el Papa, no tienen la esperanza de ser recibidos por el que asemejan con una Deidad de La India, aunque sus consejeros sí les recomendaron que le diera una cita a una señora que sazonaba, a los cuatro vientos, la sonrisa y el bigote presidencial.

Por curiosidad, el Consolador de más autoridad de la República decidió escuchar a la susodicha. La señora -La Encantadora- le dijo en su despacho que cuando lo veía por la televisión le encantaban su bigote larguito y cuadradito, y su sonrisita. Al gobernante estallar en carcajadas y darle las gracias complacidamente, la Señora le pasó un papelito: “necesito 10 mil pesos”.

Otra dama de 80 años -Doña Ambrosia- una noche esperó al mandatario en la sala de su casa, y le rogó que durmieran juntos, con el objetivo oculto de solicitarle hasta lo que masticara. Al respetarla como su abuela, la complació y con un botón agrandó su cama automática. Se acostó hacia arriba con sus zapatos, pantalones, traje y corbata, en medio de su esposa y Doña Ambrosia, quien enmudeció hasta que en la vida real despertó de su espectacular sueño.

Un burlón disfrazado, bajito y barrigoncito, identificado como El Titán, a quien se le arrugaron y cuajaron los labios, en campañas electorales desde el balcón de su casa se reía de los que bandereaban y cuando escogían a su presidente de la República, conseguía lo que no consiguieron los que se fajaron.

El Titán portaba un imán para arrimarse y acceder al número Uno, al que impresionaba y envolvía, aunque tuviera que dar golpes bajos. Pregonaba que a ese igual que un paradisíaco griego del Olimpo, hay que PEDIRLE, porque él no adivina lo que cada quien quiere, que no asume compromisos y que cuando uno de esos cristianos baja de la silla palaciega sólo lo saluda con las manos si ve que el Diablo se lo lleva.

Como “200” personas diariamente manifiestan el deseo de verse con el Dador Matahambre, y el “99%” es -sencillamente- para pedirle cosas que no puede complacer. Le saca el cuerpo, en contra de su voluntad, porque no le alcanza el tiempo para atenderlas, y se concentra en tareas de alto interés nacional y productiva, en el ánimo de cumplir su promesa electoral.

Por ejemplo, no quiso recibir a El Muñeco, un anémico cantante callejero de una extravagante temática musical, por su mala referencia. En un concurrido acto en un parque fue visto el “mandatario” pronunciando un discurso, y todos se extrañaron de sus bigotes y las cejas como tortas de cazabe; tenía los cabellos como un saltarín, los labios como una bella mujer y el lenguaje como un solista de burdeles.

Los presentes gritaban: ¡Ese no es el mandón superior!, ¡Es un engaño!”, y “¡Qué se quite el sombrero! Al escucharse un viento -con olor a papel moneda- que le salió del pecho mientras hablaba, vocearon: ¡Ese no es el presidente!, ¡El Presidente no tiene vaho a cuartos! ¡Y su cuerpo no hace esa bulla!

Cuando el aspirante a ponerse la ñoña se vio descubierto, comenzó a decir que la maldita Pigilita no supo convertirme en el doble del presidente; a ella ya no le buscaré una pareja que le compre una jeepeta y le patrocine una cirugía estética y una tarjeta de crédito sin límite.    

 El primer ejecutivo del territorio dominicano tampoco colocó en agenda una audiencia solicitada por El Bravucón, un abogado paralítico de dignidad que participa en un programa de televisión embarrando el micrófono de salivas, porque supo que todos los días lustraba sus zapatos en el parque y, que una vez, a un limpiabotas le exclamó:

– ¡Con este clientazo, tú te harás rico, muy rico!

El limpiabotas le respondió:

-¡Con este fuñío marchante seré más pobre, más pobre!

Después que le aseó los zapatos, el jurista le refirió al limpiabotas que no tenía menudo para pagarle, cuando en verdad era que no tenía ni con qué caerse muerto, porque perdía todos los pleitos.

Al superior jerárquico de la cúpula estatal, el DNI le informaba lo más mínimo que ocurría en el solar nacional, y le puso una cruz a una carta/audiencia que le envió un político de oposición. Supo que una tardecita, el parqueador callejero del vehículo del señor Plataforma le señaló que ese día tenía que darle algo más de lo común, porque había chequeado el aparato de cuatro ruedas diez veces más que nunca.

El dirigente antagonista, que estaba en “hoya”, le explicó que había perdido de vista el automóvil, y que le ayudara a buscarlo, tarea que el vigilante emprendió dando vueltas.

Después de sudar por tanto caminar y dar atentos vistazos por un buen rato, el parqueador le dijo que no lo encontró y que creía que se lo habían robado.

A continuación, el político lo topó la mano en el hombro, y le indicó, jocosamente:

– ¡Eh, amigo, el carro está en el taller de mecánica desde hace una semana!

Otra negativa. Como 25 citas le solicitó al presidente de la República el bulloso dirigente de una federación, que apenas tenía afiliados a unos cuantos sindicatos con pocos miembros desnutridos y descorazonados. Un asistente especial no se la entregó, porque le dijeron que cuando se retiraba de su oficina, una nochecita, a un vigilante le expuso:

-¡Tu ganas más que yo!

– ¡Tú debes prestarme algo!

¿Verdad o mentira? Verdad.

Otro encuentro no satisfecho fue el de un empresario quebrado por la pandemia. Este le pidió a un limosnero que trabajaba en una concurrida esquina de la calle El Bejuco que le ayudara con algo para pagar una guagua y poder regresar a su casa.

Sorprendido y molesto, el pordiosero le manifestó que Dios tendrá que castigarlo, por burlarse de él. El ex empresario, que escondía lo que le pasó, estaba peor que el limosnero, pero éste creyó que se trataba de un sarcasmo del ensacado y encorbatado, que entonces decidió implorarles unos centavos a los que pasaban por la popular avenida.

Ya habrá comprendido la diferencia abismal entre pedigüeño (pordiosero de iglesias), pedigón (menesteroso comunitario), peticionario (empresario privón), pedidor (político buscón), pedimento (demandante judicial) y mendicante (compañero de la base, no la aérea ni del béisbol).  Ya sabe, también, por qué tantas criaturas limosnean al encaramado Ser Celestial Terrenal y su capacidad para no caer pataleando por la saturación de los pedilones, y a qué se debe que a usted no le permiten acercársele, aunque se le caiga el fondillo, para limpiarle el saco.

Anuncios
Avatar

El Motín

Agregar comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Anuncios
Anuncios