Del descontento a la esperanza: las razones del regreso de Lula

Por Anner Victoriano

Lula regresó al poder en 2022 con una victoria estrecha que dejó una lección: el descontento puede debilitar a un gobierno, pero convertirlo en mayoría exige confianza, memoria social y alianzas. El 30 de octubre obtuvo el 50,90 % de los votos válidos frente al 49,10 % de Jair Bolsonaro. Brasil eligió un cambio, aunque permaneció dividido.

La primera clave fue el desgaste del presidente. Su manejo de la pandemia, la confrontación política y los ataques a la credibilidad del sistema electoral alimentaron el rechazo de sectores que deseaban estabilidad. Para esos ciudadanos, la elección también representaba una oportunidad de frenar una forma de ejercer el poder que consideraban perjudicial para la convivencia democrática.

Sin embargo, atribuir la derrota exclusivamente a la economía sería insuficiente. La recuperación económica durante el último año de Bolsonaro no aseguró su reelección. La evaluación ciudadana incorporó experiencias acumuladas, percepciones sobre el liderazgo y preocupaciones institucionales. El bolsillo importaba, pero también pesaban la incertidumbre y el cansancio frente al conflicto.

La segunda clave fue la memoria social asociada con Lula. Sus anteriores gobiernos conservaban entre sectores populares una imagen vinculada con reducción de la pobreza, inclusión y oportunidades. Esa identificación tuvo una expresión territorial contundente: en el nordeste consiguió el 69,34 % de los votos válidos. Allí encontró una base fundamental para compensar las ventajas de Bolsonaro en otras regiones.

El valor político de ese recuerdo consistió en ofrecer una esperanza reconocible. Lula podía presentar el bienestar como una experiencia que parte del electorado creía haber vivido. La promesa de recuperar mejores condiciones conectó con necesidades concretas. Pero esa confianza no eliminaba las controversias de su trayectoria ni el rechazo hacia el Partido de los Trabajadores.

La tercera clave fue ampliar la coalición. La elección de Geraldo Alckmin, antiguo adversario y figura de centroderecha, como compañero de fórmula transmitió apertura hacia votantes moderados. Después de la primera vuelta, el respaldo de Simone Tebet reforzó esa convergencia. Lula comprendió que su base tradicional necesitaba aliados para alcanzar una mayoría nacional.

Aquí aparece la distinción central: votar por Lula no significaba necesariamente identificarse con la izquierda. Algunos electores apoyaron su proyecto; otros priorizaron impedir la continuidad de Bolsonaro. Ambas motivaciones pudieron coincidir electoralmente sin borrar sus diferencias. La candidatura reunió adhesiones, reservas y expectativas diversas alrededor de una decisión compartida.

Por eso, su triunfo debe interpretarse con prudencia. No representó un cheque en blanco ni la desaparición del bolsonarismo. El margen confirmó la fortaleza de ambos liderazgos y anticipó las dificultades de gobernar una sociedad polarizada. Construir acuerdos para ganar exige después sostenerlos mediante decisiones, negociación y resultados.

La experiencia brasileña permite extraer una enseñanza aplicable a otras democracias, incluida la dominicana: escuchar el malestar es el comienzo. Una alternativa necesita credibilidad, sensibilidad social y capacidad para dialogar más allá de sus seguidores habituales.

La lección de 2022 es que el desgaste del adversario abre una oportunidad, pero no garantiza la victoria. Para conquistar una mayoría hay que ofrecer confianza; para conservarla, hay que responder con resultados.

El Motín