Dilma Rousseff: “No lucho por mi mandato, sino por la democracia”

worldTras sacar los papeles del bolso, Dilma Rousseff se tomó un café tranquilamente frente a los senadores antes de que todo comenzara. La sala se encontraba abarrotada, envuelta en el aire pesado de las sesiones históricas. En la tribuna, entre otros, estaba el expresidente Luiz Inácio Lula y el famoso cantante Chico Buarque, para apoyar a Rousseff. Esta se disponía a defenderse a sí misma en el juicio político que, en menos de dos días, sentenciará, con toda probabilidad, su destitución como presidenta de la República. Terminaron de darse las instrucciones, Rousseff acabó el café y se encaminó al estrado para dar el discurso más importante de su carrera política, tal vez también el último. Se espesó un silencio absoluto, poco dado nunca en una nación ruidosa como Brasil. El presidente del Supremo Tribunal Superior, Ricardo Lewandonski, encargado de presidir la sesión, había advertido: “Esto es un juicio, no un debate: no permitiré aplausos, ni abucheos, ni carteles ni risas”. Rousseff subió al estrado, y con voz clara, nerviosa y firme, dijo: “No lucho por mi mandato, sino por la democracia”.

Frente a los 81 senadores reconvertidos en el gran jurado que deberá decidir, el martes, si se va o se queda, Rousseff, en un discurso duro y emocionante, apeló a los sentimientos, a su historia política, a su carácter y a su trayectoria para dejar claro que la echan injustamente. Recordó, como ha recordado muchas veces (sobre todo en campaña electoral), que en 1971, siendo una joven revolucionaria de veinte años, fue apresada e incriminada por las fuerzas de la dictadura. Y que entonces se le juzgó por primera vez en su vida y se la condenó sin razón. Hay una famosa foto de ese día en la que aparece una joven Dilma mirando de frente a unos jueces militares que se tapan la cara para no ser reconocidos. “Ahora no hay torturas, pero hoy también miro a los ojos de las personas que me juzgan. Y todos nosotros seremos juzgados por la historia”. “Esta es la segunda vez en mi vida en que, junto a mí, se juzga a la democracia”, añadió.

Después aseguró que respeta a los senadores que votarán en contra de ella, que agradece a los que votarán a favor, y se dirigió a los que aún están indecisos: “Observen el precedente que se está creando. No acepten como verdad eso de que saliendo yo mejorará la crisis, porque será al revés”.

A pesar de esta intentona de luchar hasta el último minuto, algo que ha caracterizado la actitud de Rousseff durante todo este proceso, la presidenta reelegida en 2014 lo tiene muy difícil. En el fondo, hay muy pocos senadores indecisos y la inmensa mayoría ha manifestado que votará a favor de la destitución. Basta que 54 de los 81 lo hagan. Y hay predicciones que apuntan a que serán casi 60.

Por eso, Rousseff no solo dirigió su discurso a los senadores que la van a juzgar, sino al país entero, consciente de la dimensión del momento. Repitió que los delitos de que la acusan, haber recurrido a créditos y a fondos de bancos públicos para cuadrar el presupuesto sin permiso del Congreso, no son en el fondo tales delitos sino pretextos para que abandone el cargo. En resumen: que el impeachment responde exclusivamente a motivos políticos y no técnicos ni jurídicos. “Y no es legítimo apartar a un presidente por el conjunto de su obra. Eso solo lo puede hacer el pueblo y los votos”. Luego añadió que esos motivos políticos esconden intereses que se descubrieron deberían volver a detentar el poder a cualquier precio”.

En algunos momentos llegó a quebrársele la voz de los nervios. Pero bastó un vaso de agua y algunos tímidos aplausos (abortados rápidamente por el presidente Lewandonski) para continuar. Reconoció que había cometido errores (durante este segundo mandato la crisis económica de Brasil se catapultó) pero, en un giro rabioso, añadió que entre sus errores “no se cuenta la cobardía”. “Nunca cedí y nunca cambié de bando”, añadió, en alusión a los senadores que en épocas anteriores la han apoyado y ahora van a votar en su contra.

Redacción