Por Darío Caminero Sánchez
Hay una frase que parece pertenecer exclusivamente al mundo de los niños: “Tengo más canicas que tú”. También puede escucharse de otras maneras: “Juego mejor que tú”, “Tengo mejores tenis que los tuyos”, “Mi juguete es más caro que el tuyo”. Son expresiones propias de una etapa en la que cuando niños todavía estábamos aprendiendo a comprender qué significaba realmente el valor de las cosas.
El problema comienza cuando algunos adultos crecen físicamente, pero no superan esa mentalidad. Entonces las canicas son sustituidas por dinero, vehículos, propiedades, ropa, fama o poder. Y la vieja expresión infantil se transforma en: “Tengo más dinero que tú”.
Pero tener más no necesariamente significa ser más. La historia bíblica está llena de personajes que tuvieron poder, riqueza o privilegios, pero cuya conducta terminó siendo más recordada que sus bienes. Judas Iscariote, por ejemplo, tuvo la oportunidad de caminar junto a Jesucristo y formar parte de uno de los acontecimientos más importantes de la historia. Sin embargo, cambió su lealtad por dinero. ¿De qué le sirvió? Su nombre quedó asociado para siempre con la traición. El dinero que recibió no pudo comprarle una reputación nueva ni borrar su decisión de la historia.
Poncio Pilato tenía autoridad y poder de decisión. Como gobernador romano, podía tomar decisiones que afectaban profundamente la vida de otras personas. Sin embargo, su posición de poder no le permitió controlar la manera en que la historia lo recordaría. Tuvo autoridad política, pero no pudo comprar un legado honorable.
Esto nos recuerda una verdad que muchas veces olvidamos: el poder puede permitirnos tomar decisiones, pero no puede obligar a las generaciones futuras a respetarlas.
Otro ejemplo fue el rey David que tuvo poder, prestigio y riquezas. Fue un hombre extraordinario en muchos aspectos, pero también cedió ante la tentación y cometió graves errores. Su historia demuestra que nadie está inmunizado contra la debilidad humana. Ni el dinero, ni el poder, ni el reconocimiento protegen al hombre de sí mismo.
Por eso resulta peligroso creer que la superioridad económica convierte automáticamente a una persona en superior a los demás. Por eso, cuando aparece el personaje público que constantemente necesita recordarle a los demás cuánto tiene, cuánto puede o cuánto dinero posee, uno no puede evitar recordar aquella mentalidad infantil.
Cuando un adulto convierte su riqueza en argumento permanente de superioridad, en realidad no está demostrando cuánto ha avanzado, sino cuánto puede haber conservado de aquella mentalidad de la infancia. Las canicas fueron reemplazadas por millones. Los tenis fueron reemplazados por vehículos de lujo. Los juguetes fueron reemplazados por propiedades. Pero la lógica sigue siendo exactamente la misma: “Lo mío vale más porque cuesta más.” Y eso es una equivocación.
Una sociedad sana debería enseñar a sus jóvenes que es mejor el saber que el tener. El dinero puede comprar comodidad, pero no necesariamente educación. Puede comprar una casa, pero no un hogar. Puede comprar un reloj costoso, pero no más tiempo. Puede comprar seguidores, pero no necesariamente amigos. Puede comprar publicidad, pero no prestigio verdadero. Puede comprar una posición, pero no necesariamente autoridad moral.
Y puede comprar muchas cosas, pero no puede comprar el pasado para volver a vivir la infancia y recibir la formación en valores que quizá no se recibió en su momento.
El verdadero patrimonio de una persona no está solamente en sus cuentas bancarias. Está también en su educación, en su carácter, en la manera en que trata a los demás, en su capacidad de escuchar, en sus principios y en el legado que deja.
Esta reflexión adquiere todavía mayor importancia cuando una persona con gran exposición pública decide entrar en la política. Si Santiago Matías —Alofoke— aspira a la Presidencia de la República, tiene exactamente el mismo derecho democrático que cualquier otro ciudadano a presentar sus ideas y buscar apoyo para ellas.
Pero ese mismo principio democrático que protege su derecho a aspirar a la Presidencia protege también el derecho de los demás a disentir de él, criticar sus propuestas, cuestionar sus actuaciones o apoyar una alternativa política diferente.
La democracia no consiste en que todos piensen como uno. La democracia consiste precisamente en aceptar que los demás tienen derecho a pensar diferente. Si alguien aspira a gobernar a todos, debe comenzar por aprender a convivir con quienes no están de acuerdo con él.
Los tiempos en que una persona podía pretender imponer su voluntad simplemente porque tenía dinero, poder o influencia pertenecen a otra época. Hoy existe internet. Las personas tienen acceso a información, pueden expresar sus opiniones, cuestionar a quienes ejercen poder y organizarse alrededor de sus ideas. Y quien quiera ocupar la máxima posición política de un país debe entenderlo mejor que nadie. Y entre tener y saber, entre riqueza y carácter, entre dinero y legado, siempre será más valioso aquello que nadie puede comprar.
Porque tener más no es necesariamente ser más. (El autor es periodista y escritor, reside en Santo Domingo).