Por Luis María Ruiz Pou
A mediados de su primer mandato, la administración del presidente Luis Abinader comenzó a enfrentar fuertes cuestionamientos por la forma en que manejaba los casos de corrupción, tanto heredados del pasado como surgidos en el presente. Se criticaba la aparente indiferencia del gobierno ante actuaciones cuestionables de algunos de sus propios funcionarios, así como la lentitud de una justicia “independiente” que, pese a estar apoderada de varios expedientes, parecía caminar con demasiada parsimonia. Para muchos, la tan proclamada palanca del cambio se había trabado.
“El cambio va” fue la consigna de campaña que llevó a Abinader al poder. Sin embargo, una vez instalado en la silla presidencial, la realidad mostró que algunos de los hombres y mujeres designados en su gabinete, no estuvieron a la altura de las circunstancias. La inexperiencia, la incapacidad de gestión o la falta de visión, se reflejaron en áreas sensibles de la vida nacional: apagones persistentes, deficiencias en el suministro de agua potable, escuelas en condiciones deplorables, aulas insuficientes, edificaciones a medio terminar y la precariedad de calles, aceras y caminos en múltiples comunidades.
Cinco años después de aquel inicio prometedor, parece que el presidente ha comprendido que no puede seguir confiando en los mismos operadores del tren burocrático, cuyos engranajes no sincronizan con la transmisión del cambio prometido. En algunos casos, la transmisión ha sido neutralizada; en otros, simplemente se ha trabado, impidiendo que el carro del país avance al ritmo de los tiempos y de las expectativas que espera la población de su gobierno.
Los recientes cambios en el gabinete del presidente Luis Abinader, parecen responder a esa lógica de depuración institucional. Se han realizado destituciones y nombramientos en diferentes áreas. Este gesto puede leerse como una forma de “expulsar del templo” a quienes han comprometido la integridad de las políticas públicas dirigidas al futuro de la niñez y la juventud.
Conduciendo a la ciega el tren que transporta el futuro” indica que el problema no es solo quién está al mando, sino cómo se ejerce ese mando: si con visión ética o con opacidad. En ese sentido, la reestructuración del gabinete puede ser vista como un intento de recuperar legitimidad, pero también como una oportunidad para interrogar el tipo de poder que se está consolidando.
El desafío ahora no es seguir repitiendo la consigna del cambio, sino materializarla. Para ello, el presidente debe apostar por una renovación profunda de su equipo, incorporar técnicos con experiencia real en gestión pública, reforzar la supervisión sobre los ministerios más sensibles y, sobre todo, asumir una comunicación más directa con la ciudadanía. El cambio solo será creíble si se traduce en obras concretas, eficiencia en los servicios básicos y resultados visibles en la lucha contra la corrupción. Esa es la única forma de destrancar la palanca y evitar que la promesa se convierta en simple retórica electoral.
La conclusión es clara: el cambio no puede seguir siendo un lema vacío, debe traducirse en resultados tangibles. La paciencia ciudadana tiene límites, y la historia enseña que ningún gobierno sobrevive demasiado tiempo alimentándose de consignas. O el presidente logra destrancar la palanca y enderezar la marcha, o el pueblo, tarde o temprano, buscará otro maquinista para conducir el tren que transporta el futuro de la próxima generación.
Abinader tiene en sus manos la oportunidad de demostrar que aprendió la lección. Con los cambios el presidente está enviando una buena señal. Si continúa corrigiendo el rumbo con firmeza y visión, podrá conducir el tren del futuro por la vía correcta en beneficio de su pueblo que lo apoyó por dos periodos.



