Por Francisco Rojas Castillo
La humanidad atraviesa una transformación tecnológica de extraordinaria magnitud. La expansión de Internet, la computación en la nube, el análisis masivo de datos, la automatización, la robótica y, más recientemente, la inteligencia artificial generativa está modificando profundamente la forma como las personas trabajan, estudian, producen conocimiento, se comunican y toman decisiones.
La transformación digital es un proceso de alcance global que está modificando profundamente múltiples dimensiones de la vida de las personas, así como el funcionamiento de las organizaciones, las economías, los mercados y las instituciones públicas. A todos nos alcanza.
Desde la perspectiva de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), la transformación digital debe entenderse como un fenómeno económico y social amplio, derivado de la creciente incorporación de tecnologías digitales, datos y conectividad en prácticamente todas las actividades humanas. Sus efectos trascienden el ámbito estrictamente tecnológico y alcanzan la productividad, el empleo, la educación, los mercados, la administración pública, la innovación y el bienestar social.
La inteligencia artificial representa una nueva etapa dentro de este proceso. Su capacidad para procesar enormes volúmenes de información, identificar patrones, producir textos, imágenes y códigos, realizar cálculos, resumir documentos y apoyar decisiones permite incrementar considerablemente la productividad individual y organizacional.
Sin embargo, estas mismas capacidades generan una interrogante fundamental: ¿qué ocurre cuando la tecnología deja de complementar nuestras capacidades y comienza a sustituir sistemáticamente el esfuerzo de pensar?
El presente artículo se utiliza el concepto “rendición digital” para analizar este riesgo. El término no pretende sustituir conceptos establecidos en la literatura sobre transformación digital, dependencia tecnológica o descarga cognitiva, sino proporcionar una categoría interpretativa que permita diferenciar entre el uso de la tecnología para ampliar las capacidades humanas y su utilización como sustituto permanente de dichas capacidades.
La transformación digital es considerablemente más amplia que la simple incorporación de computadoras o la automatización de procedimientos.
Es necesario distinguir entre tres procesos relacionados: digitización, digitalización y transformación digital.
La digitización consiste fundamentalmente en convertir información analógica en información digital. La digitalización supone utilizar tecnologías y datos digitales para transformar actividades y procesos existentes. La transformación digital, finalmente, comprende las consecuencias económicas, sociales, productivas e institucionales más amplias generadas por estos procesos.
Desde esta perspectiva, una organización no necesariamente se transforma digitalmente porque sustituya documentos impresos por archivos electrónicos. Existe una verdadera transformación cuando utiliza tecnologías y datos para rediseñar procesos, modificar estructuras organizacionales, mejorar decisiones, generar innovación y producir mayor valor económico o social.
La inteligencia artificial ha incrementado exponencialmente las posibilidades de la transformación digital.
Por primera vez, millones de personas tienen acceso cotidiano a herramientas capaces de participar activamente en actividades relacionadas con la producción intelectual. Esto democratiza capacidades anteriormente reservadas a especialistas y puede elevar extraordinariamente la productividad.
Sin embargo, también introduce un riesgo cualitativamente diferente. Si una máquina puede producir inmediatamente una respuesta razonablemente estructurada ante numerosos problemas, disminuye el incentivo para realizar el esfuerzo cognitivo necesario para construirla autónomamente.
Surge entonces una paradoja:
La tecnología con mayor capacidad histórica para ampliar nuestra inteligencia también puede convertirse en una tecnología que reduzca nuestro ejercicio intelectual si delegamos excesivamente en ella.
Una persona puede utilizar inteligencia artificial diariamente y durante muchas horas sin encontrarse necesariamente en una situación de rendición digital. La diferencia fundamental se encuentra en la naturaleza de las funciones delegadas y el grado de control intelectual que conserva el usuario.
La rendición digital comienza a manifestarse cuando la relación cambia de: un uso de la IA para pensar mejor a un uso de la IA para evitar tener que pensar.
Transformación y rendición digitales no son conceptos equivalentes ni necesariamente excluyentes.
La primera representa un proceso de incorporación estratégica de tecnologías para aumentar capacidades. La segunda describe un posible efecto no deseado cuando la delegación tecnológica reduce el ejercicio de capacidades humanas fundamentales.
Uno de los principales riesgos asociados con la rendición digital es la denominada descarga cognitiva: la utilización de recursos externos para reducir las demandas sobre nuestra memoria o capacidad de procesamiento.
La descarga cognitiva no es necesariamente negativa. Los seres humanos siempre hemos utilizado herramientas externas para ampliar nuestras capacidades: escritura, libros, calculadoras, mapas, bases de datos y motores de búsqueda.
El problema aparece cuando la externalización deja de complementar determinadas capacidades y comienza a sustituir sistemáticamente su ejercicio.
La facilidad para obtener respuestas inmediatas puede favorecer comportamientos caracterizados por menor disposición a investigar, comparar fuentes, desarrollar argumentos propios o resolver problemas sin asistencia tecnológica.
Puede producirse entonces una forma de pereza cognitiva inducida por conveniencia tecnológica.
El riesgo no consiste en que la inteligencia artificial piense, sino en que el ser humano renuncie progresivamente al esfuerzo de hacerlo.
*El autor es economista, Master de Formación Permanente en Dirección y Gestión de Proyectos