René Depestre tuvo su primer encuentro con el sol haitiano el 29 de agosto de 1926 en Jacmel, una gran ciudad costera en el sureste de Haití que acogió su nacimiento. Realizó sus estudios primarios con los Hermanos de la Instrucción Cristiana de Jacmel. Tras la muerte de su padre en 1936, dejó a su madre y a sus hermanos para vivir con su abuela materna.
Completó sus estudios secundarios en el colegio Alexandre Pétion de Puerto Príncipe en 1944. Hoy reside en Francia, su país de naturalización desde hace varias décadas, y sigue siendo un inmenso espíritu creativo e intelectual y un gran testimonio de una época muy importante en la historia de la humanidad.
El Jacmelien
Marcada por una educación religiosa y la pérdida prematura de su padre, la juventud de René Depestre en Jacmel fue un terreno fértil donde este genio literario supo desarrollar con éxito su inmenso espíritu creativo en sus escritos.
Es innegable la influencia de Jacmel en la carrera literaria de Depestre. De hecho, la ciudad natal juega un papel crucial en su obra. La belleza de sus playas, el pudor de sus jóvenes y los grandes mitos tradicionales de la cultura haitiana le dan a este lugar un carácter único en su labor. En su gran novela “Hadriana en todos mis sueños” (1988), Jacmel trasciende su condición de ciudad para convertirse en una metáfora de la cultura haitiana, transformando sus contradicciones en un personaje romántico. A través de sus historias, Depestre explora los matices de su país perdido, una patria que quedó atrás debido a la pobreza y a las políticas que constantemente empujan a los haitianos de su categoría hacia otros lugares. Si se marcha, como está previsto en el calendario haitiano, Jacmel y la tierra de Haití seguirán siendo un lugar inolvidable e irremplazable en su corazón.

El exilio comprometido
Tras la represión política que siguió a la revolución de 1946, Depestre inició una larga andanza por el mundo. Lejos de considerarse un exiliado, se considera más bien un nómada con múltiples raíces. Instalado en París, Praga, Chile, Italia y luego Cuba en 1959, donde fue invitado por Nicolás Guillén, y expulsado por el dictador Batista, luego regresó a Cuba después de la revolución por invitación del Che. Allí ascendió al rango de ministro en la Cuba castrista y participó activamente en la gestión cultural del país mientras continuaba la construcción de su obra poética. Su vida en el exilio también estuvo marcada por importantes encuentros con figuras influyentes del mundo literario sudamericano y africano, como Pablo Neruda, Jorge Amado y Henri Lopes.
Sus viajes por Europa, América Latina y Asia dan testimonio de su constante búsqueda de la libertad y la verdad para sí mismo y para la humanidad.