Por Miguel Mejía
Al momento de entregar el presente artículo a este prestigioso medio se había producido la sustitución del ministro de Relaciones Exteriores Roberto Álvarez por Víctor -Ito- Bisonó Haza. Esta decisión en modo alguno cambia la errática política exterior del actual gobierno, porque como dice el refranero popular, esa sustitución es como “salir de Guatemala para entrar en Guatepeor”.
Las relaciones diplomáticas entre la República de Cuba y República Dominicana son testimonio de una larga historia de ida y vuelta que no ha podido ser desvirtuada ni en los fugaces momentos de crisis o tensiones bilaterales. La razón de esta estabilidad, rara en el Caribe, caracterizado por Juan Bosch como frontera imperial, debe buscarse en las peculiaridades de los eventos que la historia propició entre ambos pueblos, proceso sellado por la sangre derramada de conjunto en nuestras gestas libertarias.
Antes y por encima de las relaciones diplomáticas, que son lazos establecidos entre gobiernos, están los lazos, mil veces más estables y sólidos, establecidos por los pueblos. La cercanía geográfica fue causa y efecto de los muy peculiares vínculos entre dominicanos y cubanos, estableciéndose un canal de ida y vuelta que se nutrió de oleadas migratorias en ambos sentidos. Todo lo que sucedió en la historia en cualquiera de los dos polos de esta relación, se reflejó en el otro.
Del lado dominicano, las invasiones haitianas y francesas, el Tratado de Basilea, la anexión a España, la Guerra de la Restauración o la dictadura trujillista, propiciaron el asentamiento de grandes núcleos de emigrantes en la isla vecina, fertilizando su cultura y su ciencia y propiciando el intercambio de modos de vida, métodos de producción, música, danza, cultivos, alimentación, modismos del lenguaje y costumbres.
Del lado cubano, las largas guerras de independencia y los procesos a ellas conectados provocaron el éxodo de más de 100.000 cubanos, solo en la iniciada en 1868, escogiendo muchos de ellos el asentarse en esta otra porción de tierra, que tanto le recordaba a su patria. Muchos se insertaron en la vida económica del país, introduciendo técnicas novedosas en el cultivo de la caña de azúcar y en la producción azucarera de los ingenios
En las Guerras de la Restauración participaron muchos más combatientes cubanos de los que conocemos y las logias masónicas del oriente fueron refugio y centros de ayuda material y solidaridad para sus hermanos dominicanos. Se sabe de una ruta secreta de goletas que partiendo de Santiago de Cuba llevaban al campo insurrecto dominicano azúcar, café, pólvora, armas, dinero y hombres.
Las guerras de independencia cubana no pueden ser historiadas sin hablar del contingente de oficiales de las Reservas Dominicanas que se evacuaron a Cuba con las tropas españolas derrotadas el 11 de julio en 1865. Sin el aporte de los hermanos Marcano, Modesto Díaz y especialmente de Máximo Gómez, el dominio colonial español se hubiese mantenido en la isla, a costa de derramar ríos de sangre.
Esta hermandad, tan enraizada, tan profunda y robusta, ni antes ni ahora, ha podido ni podrá ser quebrada, no importan las decisiones tomadas por un gobernante de turno: detrás de esa solidez está, sosteniéndola y defendiéndola, la propia historia compartida, y esa es indisoluble.
Las relaciones diplomáticas entre la República de Cuba y la República Dominicana fueron establecidas en 1902 y se mantuvieron estables durante toda la primera mitad del siglo XX en mandato de los diferentes presidentes. Este nexo sirvió de plataforma a tiranos como Rafael Leónidas Trujillo Molina, Fulgencio Batista y Gerardo Machado para establecer una alianza represiva bajo la amorosa mirada del imperialismo norteamericano.
En 1905 ambos gobiernos firmaron un tratado de extradición. Con altas y bajas, Trujillo mantuvo las relaciones bilaterales, a pesar de que, en 1956, su gobierno y el de su aliado Batista, chocaron por el control de las cuotas azucareros en el mercado norteamericano.
El desembarco en las costas cubanas de Fidel Castro y sus compañeros, el 2 de diciembre de 1956, obró el milagro de que Batista y Trujillo dejaron de lado sus graves diferencias, para aliarse en la tarea urgente de intentar derrotar a los rebeldes y evitar el triunfo de la Revolución.
Después del 1 de enero de 1959, aunque en un nivel más bajo, se mantuvieron las relaciones diplomáticas entre ambos gobiernos. La ruptura total no tardaría en llegar, tras los desembarcos de las expediciones antitrujillistas del 14 de junio de 1959. Desde el 29 de junio, los vínculos oficiales, no los populares, quedaron rotos.
Una de las causas del derrocamiento del gobierno de Juan Bosch, el 25 de septiembre de 1963, fue el no prestar nuestro territorio como base de operaciones de la CIA contra la Revolución cubana, alegando justamente “que son los cubanos los que deben resolver el problema entre cubanos”. Ni el presidente Joaquín Balaguer, en sus diferentes mandatos, fue capaz de ir contra el sentimiento popular dominicano con relación a Cuba.
En abril de 1996, bajo el primer gobierno del presidente Leonel Fernández, comenzó el proceso de acercamiento y deshielo de las relaciones diplomáticas. El 27 de junio de 1997 se restablecieron los vínculos consulares y el 16 de abril de 1998 se restablecieron los vínculos plenos, con la apertura de sus respectivas embajadas.
En 1998 y 1999 tuvieron lugar dos visitas históricas a República Dominicana del comandante en jefe Fidel Castro. En su segundo viaje, dejó inaugurado el politécnico Máximo Gómez, donado por Cuba al pueblo dominicano, honrando así, desde nuestra visión, el aporte solidario del general banilejo junto al Apóstol José Martí a la lucha estratégica por la independencia de Cuba.
Muy a pesar de esas históricas relaciones se acaba de producir la expulsión de 9 diplomáticos cubanos y sus familiares por parte del gobierno del presidente Luis Abinader, rompiendo una sólida tradición en las relaciones bilaterales y pasando a la historia como una desafortunada excepción, que es aún menos justificada, cuando se inscribe en un panorama de agresión, amenazas y asfixia total contra el pueblo cubano por el genocida gobierno de Donald Trump y, no es nada casual que este hecho se produzca el día en que Cuba y el mundo conmemoraban el centenario del natalicio de Fidel Castro.
Esto está precedido y se inscribe en la crisis de soberanía que desde febrero del pasado año hemos venido advirtiendo, con acciones que obedecen a recetas de los Estados Unidos y su presidente Donald Trump como es el denominado “acuerdo temporal” para permitir aviones militares de ese país en la Base Aérea de San Isidro y el Aeropuerto Internacional de Las Américas, prestando el espacio aéreo, marítimo y terrestre dominicano para agredir a otras naciones, y justo cuando Estados Unidos amenaza con intervención militar a Cuba, el famoso acuerdo es renovado mudando parte de los aviones a la frontera dominico-haitiana, lo que deja claro que la expulsión de estos diplomáticos cubanos no responde a un acto de soberanía plena del gobierno dominicano sino en obediencia al interés geopolítico de la administración Trump.
El pueblo dominicano, más allá de ideologías y preferencias políticas, se está movilizando contra esta medida vergonzosa, que no se inscribe en la tradición descrita y revela una supeditación al gobierno norteamericano muy peligrosa e impopular.
Lo que ha construido la historia compartida, no lo destruyan gobernantes de turno, por fuerza transitorios. Dominicanos y cubanos no lo permitiremos, pues como dijo Fidel durante su visita al país “…la honda amistad que estrecha a nuestros dos pueblos, y (…) los lazos indestructibles de hermandad que nos han unido y nos seguirán uniendo a lo largo de la historia, pese a todos los avatares e intereses de los que siempre han querido destruirnos.” (22 de agosto 1998).