Por Fernando A. De León
No es por la vergüenza de no haber alcanzado el “sueño Americano”, enfermedades, senilidad y otros inconvenientes, que un buen porcentaje de dominicanos que viven en el exterior no retorna definitivamente a su patria. No; es que la pésima calidad de vida y de salud ahuyenta.
Y si hoy, más o menos hay tres millones 30 mil dominicanos diseminados en 129 países del exterior, con el mayor porcentaje en Estados Unidos, este no es un dato del todo halagüeño. Nos dice que persiste la crisis socio-económica y política en República Dominicana que provoca esa estampida.
También lo que sostuvo un comentarista sobre que hay dominicanos que no retorna a vivir en su país por varias dolencias luego de ser “explotados” laboralmente. Aunque no haya sido su intención, es una opinión sesgada.
No aceptamos lo vergonzoso por las razones precitadas; pero podemos sostener que sí da vergüenza que, a décadas de haber partido, todavía no haya condiciones para el regreso definitivo. Es penoso que muchos de nosotros experimentemos una “ensoñación desadaptativa”; es decir, levitamos soñando que estamos de vuelta en nuestro terruño.
Nos consuela, aún con todo y el gobierno de Donald Trump, el que casi un millón de nuestros hijos, nietos y bisnietos nacidos en Estados Unidos, no sufran la vergüenza de sus progenitores con respecto a cómo República Dominicana continúa siendo una patria de remarcadas exclusiones e inequidades, donde se irrespeta la prudencia.
Tampoco se sentirán avergonzados por ser profesionales o ejerciendo cualquier tarea, sean marginados y menospreciados por ciertos conglomerados solo por no tener un pensamiento uniforme.
No serán soslayados injustamente por ser hijos de emigrantes dominicanos y simples estadounidenses; mantener un bajo perfil, y no involucrarse en las políticas públicas del Estado. En otras palabras, no serán satanizados por no ser simpáticos con el estado de cosas, como suele ocurrir en repúblicas aún bananeras.
Con todo y la actual crisis que sacude al hemisferio occidental, y vigentes las odiosas medidas antiinmigrantes de Trump, todavía la institucionalidad no los desnacionaliza ni visiblemente los margina. Ni pensar en una sentencia similar a la 168-13.
*El autor es periodista, miembro del CDP en Nueva York, donde reside.
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