Nelson Encarnación
La República de Haití se ha debatido siempre en medio de crisis en todos los sentidos, esencialmente económica y social, dada la incapacidad de sus dirigentes para adoptar políticas que le permitan desenvolverse dentro de la normalidad relativa de otras naciones de un estadio igual o parecido.
En el contexto de crisis se seguridad que vive actualmente Haití se hace necesario enfocar el origen de esta última etapa de la tragedia en un hecho que pocos refieren o casi nadie recuerda, a pesar de ser relativamente reciente.
Nos referimos a la supresión del Ejército, el cual, junto con la Iglesia católica, se erigía como la única institución sólida que tenía este país, y que era un garante de la seguridad, sin importar que de por medio estuvieran el contrabando y otras acciones al margen de la ley.
La institución castrense fue abolida en la década de 1990 como parte de un razonamiento poco sólido, como fue terminar con los golpes de Estado que nacían de conspiraciones sucesivas encabezadas por generales del Ejército.
Esta “solución” fue ideada en Washington y aplicada sin más análisis que una conclusión emocional que se asemeja a buscar la fiebre en la sábana.
En este caso concreto, terminaron con la fiebre, pero al mismo tiempo mataron al paciente que la padecía.
Es decir, se terminaron los golpes de Estado dirigidos por generales, pero concomitantemente se deterioró la seguridad hasta escalar a los niveles insalvables a que ha llegado, y cuya reposición no se puede lograr si no es bajo un inmenso baño de sangre.
Los ideólogos de la abolición del Ejército haitiano están todos tranquilos en sus casas o fallecieron en la paz del Señor, mientras miles de haitianos sufren las consecuencias de la falta de una institución que les garantice la seguridad—posiblemente precaria—pero la única que conocían luego de la férrea doctrina de “ley y orden” que aplicaba la dictadura de los Duvalier, como todas las tiranías.
El caso es que, por el camino que sigue Haití, no parece probable que ninguno de los ensayos aplicados allí pueda hacer viable una solución duradera, ni siquiera con una intervención militar que, dicho como recordatorio oportuno, no ha resuelto los problemas de ningún territorio que haya sido ocupado. Esta tragedia haitiana parece pautada para ser eterna.