Por Edwin DeLaCruz / edwindelacruzr@gmail.com
“Sube la economía de la bondad. Cada vez que dices ven, yo te ayudo”. El estribillo publicitario de un banco comercial dominicano tiene todos los ingredientes para conectar con el público: solidaridad, cercanía y la promesa de estar presente cuando alguien necesita ayuda.
Pero detrás de esa frase amable aparece una pregunta que merece ser formulada desde la realidad económica: ¿qué tan bondadosa puede ser una economía cuando acceder al dinero tiene un costo que para muchas personas resulta difícil de asumir?
No se trata de cuestionar la existencia ni la función de la banca. Todo lo contrario. Los bancos cumplen un papel esencial en cualquier economía: captan ahorros, canalizan recursos hacia la inversión, financian empresas, viviendas y bienes de consumo y facilitan las transacciones que sostienen la actividad económica.
El punto de discusión es otro: el precio del crédito.
Cuando una persona necesita dinero y acude a un banco, ciertamente encuentra una respuesta. Pero esa respuesta no es una ayuda gratuita. Es un préstamo que deberá devolver con intereses, además de otros costos asociados al financiamiento. La solidaridad que transmite el mensaje publicitario se convierte, en la realidad financiera, en una obligación contractual.
Y ahí comienza la paradoja.
La persona dice “ven” y el banco responde “yo te ayudo”. Pero la pregunta que sigue debería ser: ¿cuánto cuesta esa ayuda?
En República Dominicana, la tasa activa promedio ponderada de los bancos múltiples se situó en 14.08 % anual en agosto de 2026, según el Banco Central. Se trata, sin embargo, de un promedio: la tasa que finalmente paga cada cliente puede ser diferente, dependiendo del tipo de crédito, el plazo, las garantías, el perfil de riesgo y las condiciones pactadas con la entidad financiera.
Y ahí es donde las estadísticas adquieren rostro. Una señora me contó recientemente que mantiene un préstamo personal de RD$1.5 millones, por el que paga una tasa cercana al 26 % anual en un banco comercial. Su caso no permite afirmar que esa sea la tasa general del mercado, pero sí ilustra una realidad que los promedios pueden esconder: el costo del crédito puede variar considerablemente de un cliente a otro.
La diferencia es significativa. Mientras el promedio nacional ofrece una referencia sobre el comportamiento general de las tasas, la experiencia individual muestra cuánto puede terminar pagando realmente una persona cuando acude al sistema financiero en busca de recursos.
Por eso, hablar de una “economía de la bondad” plantea una discusión que va mucho más allá de un anuncio. Una economía saludable no necesita solamente que exista crédito; necesita que una parte importante de la población pueda acceder a él en condiciones que le permitan producir, invertir, resolver una necesidad y cumplir con sus obligaciones sin quedar financieramente asfixiada.
Precisamente por eso, la discusión debería concentrarse en si ese precio resulta razonable y competitivo para los distintos segmentos de la población.
Porque la verdadera bondad económica no debería medirse únicamente por la disposición de alguien a decir “yo te ayudo”. También debería medirse por las condiciones en que esa ayuda llega.
En una sociedad donde se aspira a ampliar la clase media, impulsar el emprendimiento y mejorar la calidad de vida, el acceso al financiamiento es demasiado importante para reducirlo a una simple operación comercial.
Quizás por eso convenga mirar con atención esa frase que promete ayuda cada vez que decimos “ven”. Porque en las finanzas, después del “yo te ayudo”, siempre viene una pregunta inevitable: ¿Y cuánto me va a costar?