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El Motín

Algunas claves del suicidio de David Foster Wallace, hoy hace diez años

ABC

Hoy se cumple una década de la desaparición de David Foster Wallace , uno de los grandes autores recientes y un icono de la literatura norteamericana. Repasamos su figura a través de de la biografía que de D. T. Max ha escrito, «Todas las historias de amor son historias de fantasmas» (Debate).

1. El suicidio

En la tarde del 12 de septiembre de 2008, David Foster Wallace sugirió a su esposa, Karen Green, que se fuera al centro (la pareja vivía en Claremont, California) a preparar una futura exposición. Pese a la precaria situación anímica de Wallace (había intentado suicidarse), su mujer se marchó tranquila, ya que el escritor había ido al quiropráctico el lunes de esa semana. «Uno no va al quiropráctico si está pensando en suicidarse», confiesa Green a D. T. Max en «Todas las historias de amor son historias de fantasmas» (Debate), la biografía del escritor recién publicada en España. Pero, cuando su esposa se marchó, Foster Wallace le escribió una carta, cruzó la casa hasta el patio trasero, se subió a una silla y se ahorcó.

2. Sus referentes literarios

En una de sus primeras entrevistas, David Foster Wallace confesó que la primera vez que sintió el «clic» en la literatura fue con Donald Barthelme (1931-1989). Según recoge D. T. Max en la biografía, su estilo «le enganchaba mucho más que el tipo de narrativa que había leído en el instituto y que simplemente se conformaba con contar una historia». Pronto descubrió «La subasta del lote 49», de Thomas Pynchon (Long Island, 1937), y «Perdido en la casa encantada», de John Barth (Cambridge, 1930). Eran «las primeras estrellas en el firmamento literario de Wallace».

3. Su amistad con Jonathan Franzen

Cuando David Foster Wallace descubrió «Ciudad veintisiete», de Jonathan Franzen (Chicago, 1959), quedó maravillado. El escritor llegó a decir de la obra: «Ahora mismo estoy teniendo un montón de problemas con mi propio trabajo y este libro, una puñetera primera novela, me parece tanto más sofisticado que cualquier cosa que yo pudiera hacer en lo referente a argumentos, tan precoz en su unión de tema y personaje y verosimilitud y espectro, tan salvaje y simultáneamente controlado, que me he descubierto a mí mismo aferrándome a algunas críticas en descarada autodefensa (una subespecie de la envidia)». Desde entonces, Wallace y Franzen mantuvieron una estrecha amistad, consolidada por una relación epistolar digna de ser editada.

4. «Expediente X», «The Wire» y su adicción televisiva

Dentro de su adicción televisiva (podía pasarse días enteros mirando la pequeña pantalla y sin moverse del sofá), «Expediente X» era una de las series favoritas de David Foster Wallace, uno de sus «gustos al descubierto». Al final de su vida, «The Wire» le fascinaba (veía los DVD de la serie de David Simon junto a su mujer, Karen Green) y veía «House» «en busca de enfermedades que insinuar a los demás que él podría estar padeciendo». Incluso llegó a plantearse la posibilidad de escribir un ensayo que reflejara que lo mejor que se estaba escribiendo en Estados unidos era para las series de televisión.

5. Su relación con la Administración Bush

David Foster Wallace era un crítico manifiesto del Gobierno de George W. Bush (New Haven, 1946). Según aparece en la biografía escrita por D. T. Max, cuando el expresidente estadounidense fue reelegido en 2004, «Wallace y Green pensaron seriamente en abandonar el país, pero a él le parecía que eso sería una reacción desproporcionada. Al fin y al cabo, era un escritor, no trabajaba en política». De hecho, a Foster Wallace le preocupaba más «el estado moral del país» que el bando que pudiera resultar ganador.

6. Obama, su gran esperanza

Barack Obama (Honolulu, 1961) daba esperanza a David Foster Wallace. Incluso llegó a debatir con su mujer la posibilidad de ofrecerse como escritor de discursos para el entonces candidato. Por aquellos días, la revista «GQ» le pidió un artículo sobre Obama y la retórica, pero finalmente desestimó la propuesta al no sentirse bien. Lo mismo hizo, poco después, cuando «The New York Times» quiso que escribiera sobre los Juegos Olímpicos de Pekín. Era el verano de 2008 y David Foster Wallace había dejado de tomar «Nardil» (el antidepresivo que estuvo consumiendo durante 22 años seguidos) a mediados de 2007. Comenzaba la etapa más oscura y dolorosa del escritor.

7. El e-book y la edición electrónica

El autor de «Entrevistas breves con hombres repulsivos» (Debolsillo) leyó un artículo sobre la edición electrónica en «The New York Review of Books» y «se preguntó qué significaba exactamente el hecho de que la idea no le gustara en absoluto». Foster Wallace estaba ligado al artefacto, al concepto «tradicional de las galeradas-y-pruebas-y-fechas-de-publicación-y-libros-de-verdad-con-cubiertas-que-te-parecen-horribles», según escribió a DeLillo. Como cuenta D. T. Max, el problema es que «empezaba a sentir como si el tiempo le hubiera dejado atrás».

8. El 11 de septiembre

Según revela D. T. Max en «Todas las historias de amor son historias de fantasmas», la mañana del 11 de septiembre «pilló a Foster Wallace dedicado a sus actividades habituales». Es más, justo en el momento del ataque estaba en la ducha y, después, «no estaba seguro de si experimentara alguna sensación particular acerca de los ataques, más allá de los comunes». Como era de esperar, la revista «Rolling Stone» le pidió un artículo y Wallace lo escribió en tres días. El texto era «breve y delicado». Como apéndice al manuscrito, escribió: «Advertencia. Escrito muy deprisa y en lo que probablemente pueda considerarse estado de sock». El artículo terminaba de forma atronadora: «Estoy intentando explicar que una parte de lo horrible que resultó el Horror venía de saber, en el fondo de mi corazón, que la América que los pilotos de aquellos aviones odiaban tanto era, en mucho mayor medida, mi América, […] y la del pobre y detestable Duane, que la de aquellas señoras».

9. La crítica (Michiko Kakutani)

Pese a que en cierta ocasión, y dado el autodesprecio que le caracterizaba, llegó a escribir a DeLillo que había ocasiones en las que pensaba que «”La broma infinita” fue pura chiripa», a Foster Wallace le dolían las críticas. Le dolió particularmente la reseña de «La escoba del sistema» que Michiko Kakutani escribió para «The New York Times». De hecho, Wallace confesó a un amigo que había estado «escondido en su habitación llorando durante dos días enteros». La relación entre ambos no mejoró en vida de Wallace, aunque la crítica sí tuvo buenas palabras cuando la biografía de D. T. Max fue publicada en Estados Unidos.

10. John Keats y la «piedra de toque» de la buena literatura

Desde la época que pasó en Amherst, David Foster Wallace tenía como «piedra de toque de la buena literatura» el poema «Esta mano viviente», de John Keats (1795, 1821):

«Esta mano viva, ahora tibia y capaz

De apretar con fuerza, si estuviera fría

Y en el glacial silencio de la tumba,

Te perseguiría cada día y de noche tus sueños helaría

Hasta que desearas dejar tu corazón sin sangre

Para que en mis venas la roja vida fluyera otra vez,

Y tu conciencia se calmara… mira, aquí está…

La tiendo hacia ti.»

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