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El Motín

Las prostitutas

Jose Tomas Paulino Rodriguez

El oficio más viejo de la humanidad es el centro de una obra formidable con “Las Prostitutas Os Precederán en el Reino de los Cielos”, presentada de manera exitosa en el Teatro Las Máscaras de la Zona Colonial.

A sala llena, un público selecto, exigente, en su mayoría compuesto por actores, actrices y amantes de la actuación, tuvo en esta representación un exquisito manjar desde el plato de entrada, hasta el postre y el café, con un chorrito de delicioso licor, para ser más consecuente con el lenguaje estrictamente gastronómico.

Lidia Ariza dio una muestra más de su versatilidad, capacidad histriónica y dominio de la técnica actoral al dar vida a Rosa Fernández, una prostituta atrapada en las confusiones, propias de una vida cargada de traumas y decepciones, marcada por la desgracia.

Mujer intensa, irreverente, libertina, una guerrera de la vida, convierte al auditorio en testigo vívido de la desgarrante historia personal de esta mujer que, por distintos motivos, incluido el económico y la carencia de oportunidades no encuentra más opción ofrendar jornadas de placer a cambio de dinero.

Golpeada por la desgracia, brota el drama conmovedor, abre el laberinto de infortunio que ha significado vivir de brazos de unos hombres a los que no ama, ni conoce ni les importan, pero en quienes encuentra la solución a sus múltiples carencias materiales.

Logra, con sorprendente facilidad, las transiciones de estados anímicos, como nave en mar taciturno, navega entre el llanto aterrador y la carcajada estridente, un estado de felicidad fugaz, eclipsado por la sobra de un tortuoso pasado que la persigue y la avergüenza.

Catártica, conmovedora, en la obra escrita por José Luis Martín Descalzo, sacerdote y periodista Lidia Ariza da vida a Rosa Fernández, una prostituta solitaria que, con cierta sorna, estridente carcajada simula satisfacción de vivir en brazos de hombres innombrables.

Pequeño, sin artilugios, no los necesita, en un pequeño escenario, fluye como torrente la crítica sin tapujos a la doble moral de la iglesia católica, excluyente y segregadora, aliada del poder, del lujo, esa que desprecia a los pobres, los ve como una plaga, no escapa el poder político, indiferente, simulador, insensible en una sociedad, aferrada a añejas creencias, negadora de oportunidades.

Irreverente, indomable, imperturbable, destila, como loba herida, el dolor del abandono y el olvido, la soledad, la tristeza, la desdicha y el pesado calvario de un estilo de vida, indeseado, un pecado capital, el cargo de conciencia que la destruye, como si fuera poco la distancia de  hijo, depositario de su desvelo y amor genuinos.

Con garras de fiera herida, estremece al auditorito con una provocadora descarga emocional, inquiere, reclama con valentía, a quienes la miran con desdén, como un despojo social, ataca con acidez a la jerarquía eclesial protectora de curas pederastias, asesinos de inocencias, castradores de felicidad, al entramado judicial benigno con despiadados violadores y a delincuentes de toda laya, sobre todo a inmaculados de alta estirpe y renombre social.

Pero eriza la piel cuando entra al mundo de Javier, el único hombre al que amó, Javi, su hijo, el fruto de ese amor y la devoción por Jesucristo, el hijo de Dios, adora a un Cristo vivo, su amigo, su confidente, su consejero y hasta terapeuta, ante él que desnuda su atormentado mundo interior.

Lidia Ariza dejó de ser ella, nos mostró el alma y corazón de Rosa Fernández, de todas esas mujeres que, cubiertas bajo las sombras de la nocturnidad esperan en cualquier esquina, en cualquier país la presa de cada noche, expuestas a amenazas, acechanzas, a esas doncellas del placer olvidadas, rechazadas y condenadas impunemente por escoger, quizá, la única opción posible para sobrevivir.

Conmovedora, adictiva, en dos actos, la adaptación no pudo ser mejor, salpica con algunos temas urticantes y otros hilarantes de la realidad dominicana, con una producción bien cuidada, estéticamente pulida para hacer de la puesta en escena una propuesta teatral para degustarla y saborearla.

Con dirección de doña Germana Quintana, una autoridad en la materia, “Las Prostitutas Os Precederán en el Reino de los Cielos” incita al deleite y a la meditación, toca las fibras más sensibles, hace un desesperado llamado a la reflexión concienzuda sobre una realidad que toca a todos, que está frente a nuestras narices y evadimos, a veces por indolencia, indiferencia o sencillamente por vanos moralismos, antes que admitirla y contribuir, desde nuestros espacios a erradicarla.

Al final, la redención, quién dijo que no es posible reinventarse, resurgir de las cenizas, salir del fango pestilente, romper las cadenas que nos atan y, como lección de vida, triunfa el único amor puro, el amor en sí mismo y el poder de la fe en todo aquello en lo que creemos y perseguimos. La liberación llega como regalo a la fuerza de voluntad, a la entereza, a la disposición al cambio y a la nobleza de espíritu. Y el aplauso, tan intenso como la obra misma.

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