El Motín

El viejo italiano y los denominados sucios de la calle Azua

Desde la llegada del maestro Sánchez a Ciudad Trujillo a principios de los años 50, eran Reyes, Fermín, García, Espinal, Aponte-Grullón, Mejía, Encarnación, de los Santos y Gesualdo, los apellidos más sonados de los residentes dela calle Azua, en el tramo comprendido entre la avenida San Martín y Barahona.

El patriarca de los Gesualdo era un viejo italiano llamado don Francisco, de unos 70 años, de tez blanco-colorada, de nariz aguileña y pelo castaño claro. Según decían sus nietos, pertenecía a una familia de aristócratas de la ciudad de Venosa, un municipio italiano que había sido sede en el siglo XVI del principado del poeta y compositor renacentista Carlo Gesualdo, quien estaba relacionado con la iglesia católica de su época a través desu tío, el Cardenal Alfonso Gesualdo, arzobispo de Nápoles; y también, por medio de su tío abuelo Giovanni Ángelo Medici, quien fue Pontífice de San Pedro ostentando el nombre de Papa Pío IV en 1546.

En la primera década del siglo XX, Francisco Gesualdo y su familia emigraron hacia Santo Domingo, motivados por la inestabilidad económica de Italia en el lustro final del siglo anterior. En su país se había vivido una situación social catastrófica, producto del colapso financiero ocurrido entre los años 1892 y 1895, y ese estado económico no pudo ser corregido por los gobiernos de la época encabezados por Giovanni Giolitti, Francesco Crispi, y Antonio Starabba, quienes ejercieron el cargo de presidentes del Consejo de Ministros, siendo incapaces de controlar la crisis, la cual originó el predominio del caos y la subsecuente aparición y florecimiento de la ideología fascista animada por intensas y crecientes protestas sociales y manifestaciones insurreccionales de anarquistas que recorrían las ciudades italianas lanzando un solo grito: ¡Viva la Anarquía!, ¡Abajo el Rey!, creándose un ambiente de fobia contra el rey de Italia, Humberto I de Saboya, quien para evitar el fin del reino inaugurado en 1861 por su padre Víctor Manuel II, ordenó al ejército comandado por el general Fiorenzo Bava Beccaris, llevar a cabo una represión sangrienta contra obreros y manifestantes desarmados que se movilizaban por las calles milanesas y en otros lugares de Italia.

En medio de aquel deterioro de la vida italiana, muchos jóvenes fijaron su atención en el Caribe y decidieron emprender el camino hacia el exilio económico, intentando repetir por estos lares el éxito obtenido por más de tres millones de italianos que se asentaron en Argentina y otras naciones sudamericanas desde el año 1804.

En el contingente migratorio que se dirigió hacia Santo Domingo, entre finales del siglo XIX y principios del siglo XX, estuvo Francisco Gesualdo y su familia. Asimismo los italianos de apellidos Caputo, Cucurullo, Russo, Demorizzi, Bonnelly, Bloise, Oliva, Grisolía, Schiffino, Campagna, Ravelo, Billini, y Pezzoti.

También los Rainieri, Marra, Ferrúa, Barletta, Trifilio, Cino, Di Carlo, Rímoli, D’Alessandro, Palamara, Ruggiero, Sarubbi, Alterio, Perrota, Bonetti, Bolonotto, Bonarelli, Pellerano, Nadal, Porcella, Sorrentino, Palermo, Sangiovanni, Menicucci, Cambiaso y Pappaterra, quienes en su mayoría obtendrían puestos importantes en la economía dominicana, como son los ejemplos de los Vicini y los Barletta, quienes tomaron el control de los ingenios azucareros privados y de la incipiente industria automotriz. Esta estuvo a cargo del ex cónsul italiano Amadeo Barletta, quien en los años 40 era también el representante en el país de la firma General Motors y los vehículos Chevrolet.

Estos italianos se acostumbraron a la vida dominicana, aun cuando el país estaba en bancarrota económica, debido al excesivo gasto militar y el mal manejo de las aduanas en los días finales de la dictadura de Ulises Heureaux (Lilís); lo que puso al país con el agua al cuello y al borde del colapso social, teniendo el gobierno que ordenar la circulación de mucho dinero inorgánico, imprimiéndose las famosas “papeletas de Lilís”, que eran en ese momento el equivalente a cinco millones de dólares. Y eso ahondó la crisis financiera, provocando la quiebra de muchos comerciantes y cayendo la economía en manos de los Estados Unidos poco después del ajusticiamiento del tirano en Moca, en julio de 1899.

La crisis económica de República Dominicana se mantendría perturbando el desenvolvimiento de las actividades del país durante las administraciones de doce gobernantes, hasta llegar a Trujillo, que le puso fin a la deuda externa en el año 1947. Esos estadistas fueron Wenscelao Figuereo Cassó, Felipe Horacio Vásquez Lajara, Juan Isidro Jimenes Pereyra, Alejandro Woss y Gil, Carlos Morales Languasco, Ramón Arturo Cáceres Vásquez, Eladio Victoria y Victoria, monseñor Adolfo Alejandro Nouel Bobadilla, José Bordas Valdez, Ramón Báez Machado, Francisco Henríquez y Carvajal y Juan Bautista Vicini Burgos.

El disuasivo mayor para que los italianos no volvieran a su país fue la Primera Guerra Mundial, donde su ejército sufrió grandes pérdidas humanas y materiales, tras los sangrientos enfrentamientos perpetrados en el año1917entrelas fuerzas austro-húngaras y éste en la batalla de Caporetto, en las cercanías de Kobarid (Eslovenia), en los meses de octubre y noviembre.

Italia se desangró ahí y en otros tantos combates escenificados alrededor del río Isonzo, sin que obtuviera algún logro o ventaja política y expansiva, pese a la inversión hecha por parte del gobierno de Paolo Boseli para estabilizar el frente militar y lanzar la ofensiva final contra el imperio Austro-húngaro, y así poder concluir con éxito la guerra en Europa, lo cual sucedería el 30 de octubre de 1918.

En ese estado, los italianos en suelo criollo no tenían ánimo de volver a su país ni a ningún otro punto europeo, y al término de la guerra, Francisco Gesualdo se casó en Santo Domingo con una joven llamada Angélica, con quien procreó varios hijos, que crecerían y se harían hombres y mujeres viviendo siempre a su lado en la casa No. 17 de la calle Azua, o en otros inmuebles que poseía el italiano en esa misma calle y en la vía paralela llamada María de Toledo, en la ciudad Capital.

En el citado lugar, el viejo italiano instaló su taller de mecánica industrial, soldadura y hojalatería, situándolo en la parte delantera de la residencia. Con él laboraban sus hijos y nietos, excepto aquellos que habían hecho tiendas aparte, desarrollando trabajos de mecánica automotriz y otros negocios dentro de las propiedades del viejo en la calle María de Toledo, próximo a la Tunti Cáceres; como era el caso de su hijo Francisquito, propietario de una frecuentada panadería que tenía su nombre; o el caso de Panchito, su primogénito, que -entre todos los hijos del italiano- era el que mostraba mejor apariencia de progreso, desenvolviéndose como empresario independiente, con otra panadería situada al lado de la casa de su padre, en el edificio de tres pisos marcado con el No. 15 de la calle Azua. La misma ocupaba un amplio espacio de la primera planta, teniendo una serie de equipos para procesar la producción de panes y diversos productos de pastelería, que se mantenían protegidos en mostradores o vitrinas con aceptable ambientación, evitando que fuesen tocados por los visitantes.

En el segundo nivel del edificio vivía su dueño, junto a su esposa Ana y sus hijos Panchitín y Guillermo; mientras que en el tercero había construido un pequeño pero cómodo pent-house, que rentó durante un buen tiempo al reconocido y recordado productor de TV, animador y humorista, Radhamés Sepúlveda, ampliamente conocido como Pildorín.

Casi todos los miembros de la familia Gesualdo dominaban el arte de la soldadura y la mecánica en general, por lo que siempre sus ropas y cuerpos mostraban la tintura de la grasa y los aceites utilizados en el quehacer menudo. Quizás por ese motivo se les llamaba Los sucios; epíteto que en realidad no entrañaba la intención de agredirlos, ni agraviarlos, pues quienes lo usaron -en su mayoría- nunca tuvieron con ellos un roce personal, o algún motivo para la ofensa gratuita.

Debido a que no les afectaba su negocio, los Gesualdo se acostumbraron a escuchar el fastidioso epíteto sin inmutarse, sin experimentar desagrado o sufrimiento, pues por encima de esa situación, se sentían reconocidos y distinguidos en sus calidades de técnicos adiestrados, eficientes y honestos en servicios y precios. Sus clientes se multiplicaban con rapidez, habiéndolos de toda la ciudad, que pasaban por el taller en busca de una simple soldadura de metales, o para que les reparasen algunas piezas mecánicas y artículos del hogar.

La casa del italiano don Francisco no poseía la belleza ni la majestad que tenía la de los Reyes, pero no había por qué subestimarla en magnitud y comodidad. Era de fachada anticuada, de madera tallada al estilo barroco y en ella comían, dormían y vivían alrededor de treinta personas, entre hijos y nietos.

Su vista frontal se componía de una amplia galería que servía de taller general, seguida de una sala con un piso de mosaicos pardos floreados, donde relucían unos muebles robustos del estilo Luis XIV, colocados sobre un alfombrado vistoso color carmesí.

En la sala de aquella casa se destacaba una fotografía del viejo italiano y su esposa, concentrando la atención delos visitantes. Luego la vista se orientaba hacia una pequeña antesala donde había una mesita que cargaba un antiguo teléfono, teniendo al lado la compañía de una silla solitaria. Desde ahí se veía claramente el área del comedor y un largo pasillo al fondo que conducía al inmenso patio, donde-casi colindando con la calle Bartolomé Colón-se hallaba una casita que era la prisión donde mantenían encerrado a uno de sus hijos que perdía continuamente los estribos de la conciencia y sólo aislado dejaba de ser un peligro para su propia vida -y las de los suyo- y las de los otros.

También colgando de los árboles se apreciaba a cinco cotorras enjauladas que hablaban entre sí, y a veces con los moradores y los visitantes, sin proferir insultos ni dichos groseros. En el mismo patio se veía a un grupo de niños de diferentes edades, pero del mismo color y parecido, jugueteando con la mayor discreción para no enfadar a los abuelos, ni a las personas mayores de la casa. Uno de ellos marcaba, sin embargo, claramente la diferencia; poseía el rasgo facial colectivo, pero se distinguía de los otros por su larga melena que le llegaba a las rodillas, llamando poderosamente la atención de las personas que pasaban por el lugar.

Se llamaba Eduardito y tenía siete años. Su abuela Angélica le dejaba crecer el pelo cumpliendo con una promesa sagrada que había hecho a la Virgen de la Altagracia por la salvación de su vida; pues éste había nacido con problemas en el corazón y sufría además de pecho apretado, teniendo que colocársele un lazo de cebollín colgando de su cuello, tonificando su penitencia y su promesa.

La abuela Angélica y su hija Rosa, latía más querida del niño, se habían propuesto llevarlo a Higüey para ejecutar fielmente su esperanzadora ofrenda, creyendo que obtendría la curación a su mal contando con la gracia divina y la protección segura de la virgen, oficialmente conocida como la Madre espiritual del pueblo dominicano.

Un día 21 de enero del año 1958, Eduardito fue conducido al santuario de la virgen, en un peregrinaje fervoroso junto a decenas de penitentes que acudieron a exponer su amor religioso; y volvió de allí con un buen semblante; pareciendo muy alegre, con el pelo recortado y caminando por la calle saludando a sus amigos entrañables, que tenían que hacer un gran esfuerzo para reconocerlo, ya que se veía diferente; siendo necesario inspeccionar su rostro, porque su cara triste de toda una vida se había transfigurado en espontánea contentura por obra y gracia del poder de la fe y el contacto con la efigie altagraciana.

Eduardito había cambiado por la ilusión de vivir, pero sus amigos entendieron en muy corto tiempo que se trataba de un cambio estrictamente anímico en el interior de su espíritu; era el aliento que toma un moribundo en el instante mismo que empieza la extinción de su existencia, y una anochecida tarde de luna llena, en aquel lugar se desvaneció la esperanza, encontrándose el niño de pronto cruzando el umbral de la vida, transitando con lento impulso el secreto camino de la muerte, precediendo con tan sólo unos días de diferencia al Papa Pío XII, fallecido poco después.