El Motín

La “inocente” fachada de un sórdido comercio sexual en Japón

Es común encontrarlas sentadas en algún café atendiendo solícitas a los clientes. Usan calcetines hasta la rodilla, faldas a cuadros, el típico uniforme de secundaria. Son colegialas que ofrecen un servicio de caminatas y charlas para hombres adultos en los barrios más concurridos de Tokio.

Una “inocente” fachada para un negocio más turbio que convierte a estas adolescentes en víctimas de un sórdido comercio sexual.

El “Joshi-Kosei Osanpo”

Cada día el conocido negocio JK, que significa “paseos honorables con chicas de secundaria”, gana más adeptos entre la población masculina japonesa comprendida entre los 40 y 50 años. Las jóvenes debidamente ataviadas con sus uniformes escolares ofrecen sus favores en plena calle.

Pero lo que puede parecer una “inofensiva caminata” en el rol de dama de compañía puede conducir a un forcejeo o violación. No es difícil encontrar a más de una muchacha que termina vendiendo su sexo antes de cumplir la mayoría de edad.

Hay varios niveles en las “citas de secundaria”. Algunos cafés emplean a las colegialas que se ofrecen como “guías de viaje” o dan espectáculos donde las exhiben detrás de un cristal posando según los gustos de los clientes. Usualmente les pagan entre 40 y 80 dólares por el encuentro, las invitan a cenar o charlar. Al final, muchas acaban cediendo al chantaje sexual de los supuestos caballeros que incrementan sus demandas a cambio de más dinero.

El fetiche de los uniformes

Algunos japoneses se sienten decepcionados si descubren que las chicas que participan en el negocio JK no son en realidad colegialas. El uniforme escolar se ha convertido en una prenda fetiche y al mismo tiempo en un símbolo de inocencia y virginidad. Se habla entre la población masculina del “complejo de Lolita”, que no es más que la predilección por la pureza de las mozas.

Esta obsesión erótica se atribuye a un fenómeno de moda en los años 90. En aquel entonces proliferaron en Japón las bandas de pop formadas por adolescentes uniformadas. Algunas se convirtieron en auténticos íconos de la cultura de masas y comenzaron a coleccionar a los hombres de la tercera edad entre sus mayores fanáticos.

Pero el hecho de que tantas adolescentes en edad escolar e incluso por debajo de los 18 años estén envueltas en el trasiego de “citas y paseos” tiene más bien un trasfondo social.

El país del sol naciente conserva profundas raíces patriarcales y por ende ofrece escasas oportunidades de independencia para las mujeres. Tampoco la ayuda de los servicios sociales llega a un espectro amplio de la población. Muchas adolescentes con dificultades monetarias comienzan en el negocio de citas con la idea equivocada de conseguir dinero fácil. El precio a pagar es muy alto pues una vez dentro de esta industria del placer manejada mayormente por la yakuza -la mafia nipona- el camino a la prostitución es casi obligatorio.

¿Cómo acabar con el JK?

La prostitución infantil es ilegal en Japón. Sin embargo, el JK no está penalizado pues al fin y al cabo un “inocente paseo” no le hace mal a nadie. Pero ¿cómo controlar que una cosa no lleve a la otra? Estas colegialas que comienzan como acompañantes terminan irremediablemente, unas por necesidad y otras por presión, en la cama de algún desconocido. Y la mayoría no se atreve a contar después lo que sucede entre cuatro paredes.

Las autoridades japonesas desarrollan algunas ideas para acabar con este tráfico sexual pero sin resultados convincentes. Al final el carácter sexista y misógino de la sociedad nipona sale a relucir de cualquier manera. En vez de multar a los hombres por tener relaciones con estudiantes, le imponen toque de queda a las adolescentes.

En 2014 se le prohibió a las menores trabajar como “colegialas” en las tiendas y cafeterías, pero muchas todavía lo hacen por debajo del telón. La implementación de medidas tan estrictas no elimina esta práctica sino que la empuja hacia la clandestinidad.

Para acabar completamente con el negocio de citas JK la conciencia de los adultos debe cambiar. Si la población masculina ve como “normal” mirar bajo las faldas de las colegialas mientras realizan manualidades de origami, de ahí a aceptar la prostitución de las muchachas no hay más que un paso. Si a las niñas que prefieren la calle antes del infierno de una familia disfuncional se les ofrece cama, comida caliente, y hasta ayuda en sus deberes escolares a cambio de “algunos favores”, entonces la conclusión está clara: la sociedad japonesa pide a gritos una revisión inmediata de sus valores humanos y morales.