El Motín

Cuando Obama quiso hablar negro y tener sexo blanco

El Mundo

Un negro debe hablar como un negro. Antes de desempolvar la artillería de lo políticamente correcto, preguntemos a un lingüista. Nos hablará del AAVE, que no es la versión de ningún tren de alta velocidad, sino las siglas del African American Vernacular English. O vayamos a Spotify, y una canción de rap. Bien, no entenderemos nada. Es normal. Pero si leemos la letra, veremos palabras como “nigga” (que significa negro, pero sobre todo “delincuente negro”), “bitch” (que, según el Diccionario de Oxford es “perra”, pero en este caso quiere decir “chica”), o “cracker” (originariamente, quien tenía el “crack”, el látigo, en las plantaciones, y, ahora, una persona de raza blanca). Los verbos auxiliares son desconocidos. Las normas gramaticales están para ser reventadas. Lo contrario es “hablar blanco”.

Los negros estadounidenses también son racistas. Igual que todos los seres humanos. Y lo peor que puede hacer un afroamericano, sobre todo si aspira a ejercer una posición de liderazgo, es lo que hizo el senador por Illinois Richard Newhouse, un político de prestigio en ese estado: “Hablar negro y tener sexo blanco”. Su mujer, Kathie Newhouse, era blanca.

Ya lo dijo Carol Moseley Braun, también de Illinois, también casada con una persona de raza blanca, y, además, la primera negra en convertirse en senadora de EEUU: “Un matrimonio interracial reduce tus opciones en política”.

En el verano de 1987, ése fue el cálculo de un líder de una serie de organizaciones de un barrio pobre de Chicago llamado Barack Obama. Apenas seis meses antes, Obama había visitado a los padres de su novia, Sheila Miyosi Jager, una antropóloga mitad europea y mitad asiática. Le había pedido que se casara con él. La relación entre Obama y Jager era un tanto extraña, compartimentalizada. Raras veces se les veía juntos en público. Él ni siquiera iba con ella a los servicios religiosos de la iglesia de la Trinidad de Cristo a la que acudía la élite negra de Chicago -incluyendo a Oprah Winfrey- y en la que el reverendo Jeremiah Wright lanzaba incendiarios discursos.

El mismo verano, Obama decidió que su naciente carrera política acaso podría llevarle a la alcaldía de Chicago, o al cargo de gobernador de Illinois. Y canceló el compromiso con Jager. Por eso, para lograrlo, el joven político no podía incurrir en el riesgo de Newhouse y Braun: hablar negro y dormir blanco. Porque, encima, Obama ya hablaba blanco. Su lenguaje era sofisticado. No tenía ni los giros ni el tono de AAVE. Si ya hablaba blanco, tenía que tener sexo negro.

Esa es la tesis de la nueva biografía del ex presidente de EEUU, titulada Rising Star: The Making of Barack Obama escrita por David J. Garrow, ganador del Premio Pulitzer en la categoría de Historia por su biografía de Martin Luther King. Según Garrow, Obama rompió con Jager porque necesitaba una esposa negra. Pero acaso Jager haya sido el verdadero amor de su vida. Garrow da a entender que Obama fue infiel con Jager a su esposa, Michelle, durante el primer año de noviazgo.

Después, en una jugada política maestra, Obama redujo a mera anécdota a Jager y a las demás mujeres blancas de su vida, y construyó su propia identidad racial y personal en su autobiografía Sueños de mi padre. Así fue como se convirtió en dueño de su pasado: fijando la narrativa canónica de su vida. La biografía de Garrow ha desatado una feroz controversia en EEUU. En buena medida porque presenta a Barack Obama como lo contrario de lo que sus seguidores quieren ver: como un político ambicioso, capaz de romper con su amor por una unión de conveniencia para propulsar su ambición política. Como si fuera un Rey de una dinastía europea, y no un parangón del sueño americano.

Los medios más afines a Obama no han perdonado a Garrow, en el ala izquierda del Partido Demócrata. “Parece casi un anuncio del Partido Republicano”, dictaminó Michiko Kakutani al New York Times. David Maraniss, del Washington Post, también Pulitzer, ha llamado a Garrow “innoble”. Bajar a Obama del pedestal en el que él mismo se subió es problemático. Sobre todo cuando ese pedestal está construido sobre la memoria de personas como Jager, presentes en la vida de un presidente que no podía permitirse tener sexo blanco.