El Motín

Brasil hace una huelga general a medio gas contra los recortes sociales de Temer

El Mundo

La jornada acaba con disturbios y autobuses en llamas en Río de Janeiro

Aeropuertos cerrados, persianas bajadas, ciudades desiertas: era el panorama que se esperaba en Brasil en la primera huelga general desde 1996, pero la fuerte implicación de los sindicatos no bastó para que los brasileños protestaran de forma contundente contra las reformas económicas del Gobierno del conservador Michel Temer.

La reforma laboral -aprobada esta semana- y la propuesta de reforma del sistema de pensiones que se tramita en el Congreso Nacional fueron las dos dianas para los impulsores de la huelga y también un termómetro para medir la popularidad del actual gobierno conservador. Un año después de la polémica destitución de Dilma Rousseff, Temer sólo cuenta con la aprobación del 5% de los ciudadanos, según una encuesta reciente de Vox Populi. Su empeño en remontar la economía choca cada día con nuevas acusaciones de corrupción que debilitan más si cabe su escasa popularidad. Además, para una parcela importante de los brasileños Temer es un golpista sin ningún tipo de legitimidad.

“Quizá todo esto es bueno para el país, pero no para los trabajadores”, explicaba a El Mundo Rafael Pereira, un joven carioca que este viernes se presentó puntualmente en la agencia de viajes donde trabaja, en el centro financiero de Río de Janeiro. Muy cerca, una joven de 23 años replicaba: “¿Cómo se puede diferenciar el país de sus trabajadores? ¿No es lo mismo? ¿Cómo vamos a mejorar la economía si el trabajador pierde calidad de vida?”, se preguntaba Mariana Lydia Bertoche, profesora en una escuela privada que sí se sumó la huelga.

“Esto que están proponiendo no es cambiar el sistema de pensiones, es destruirlo poco a poco. Significa trabajar cada vez más para ganar cada vez menos. No sé qué va a pasar, pero es importante que esto no se convierta en una bola de nieve y dentro de unos años digamos ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? Estamos perdiendo rápidamente unos derechos conquistados a base de mucho esfuerzo”, decía Bertoche.

Pese a la trascendencia de las reformas que están sobre la mesa en Brasil el ambiente en Río de Janeiro y en la mayoría de capitales era de relativa normalidad; tiendas abiertas, un ir y venir de trabajadores – aunque menos que un día normal- y piquetes y manifestantes cortando algunas vías de acceso a la ciudad y bloqueando el transporte público. En São Paulo, el metro, autobuses y trenes no circularon a primera hora de la mañana, pero al margen de acciones sectoriales la adhesión al paro no fue “histórica”, como el día anterior preveían los dirigentes de la Central Única de los Trabajadores (CUT), el principal sindicato del país.

Lo que propone Temer

La reforma de las pensiones de Temer establece por primera vez una edad mínima para la jubilación (65 años para los hombres y 62 años para las mujeres) y los cambios en las reglas de la pensión harán que sea necesario trabajar 40 años de forma ininterrumpida para poder cobrar los beneficios completos. Los críticos con la medida también resaltan que los trabajadores del campo y los más pobres, con una esperanza de vida menor, serán los más perjudicados. Para el Gobierno la reforma es básica para garantizar que sea sostenible a largo plazo.

Para que entre en vigor se necesita modificar la Constitución y por el momento Temer no tiene una mayoría suficiente en el Congreso, puesto que surgieron reticencias incluso entre sus aliados, recelosos de ser castigados en las próximas elecciones.

La reforma laboral, que ya se aprobó esta misma semana en la Cámara de Diputados y ahora aguarda el visto bueno del Senado altera 100 artículos de la actual normativa. A partir de ahora la negociación entre la empresa y el trabajador estará por encima de la legislación.

Los cambios abren la puerta a jornadas de trabajo de 12 horas, a vacaciones partidas en tres periodos y a que las embarazadas puedan trabajar en condiciones insalubres, por ejemplo. El ex presidente Luiz Inácio Lula da Silva aseguró este mismo viernes que la reforma supone “volver a la esclavitud”. Los sindicatos ven un horizonte de precariedad.

El Gobierno, en cambio, defiende que flexibilizar la ley permitirá a los empresarios crear más puestos de trabajo. El debate se produce en un momento en que el paro en Brasil alcanza cifras récord: ya afecta al 13,7% de la población (más de 14,2 millones de personas), según datos oficiales divulgados este mismo viernes. Como telón de fondo una recesión histórica que no acaba de marcharse. Después de que en el bienio 2015-2016 el PIB retrocediera un 7,2% para este año se espera que la economía remonte levemente y crezca apenas unas décimas.

La convocatoria de huelga contaba con el apoyo de los principales sindicatos del país, partidos de la oposición y movimientos sociales de la izquierda como el Frente Brasil Popular y Povo Sem Medo. Incluso los obispos de la Iglesia Católica animaron en los últimos días a sus fieles a manifestarse. Por si fuera poco el ambiente se caldeó aún más cuando se supo que el Papa Francisco había rechazado una invitación de Temer para visitar Brasil. En la carta en la que se excusaba advertía sobre el peligro de abandonar a los más pobres, que “suelen ser los que pagan el precio más amargo de algunas decisiones fáciles y superficiales”, decía el Pontífice. La izquierda brasileña lo celebró como un golpe a las políticas de austeridad de Temer, que esta misma semana fueron bendecidas por Mariano Rajoy en su visita oficial a Brasil.

Sin embargo, pese a todo ese escenario favorable la huelga no acabó de calar, como reconocía la profesora Bertoche, que en parte culpaba del desánimo a la fuerte polarización que vive Brasil desde el año pasado. El ‘impeachment’ de la expresidenta Rousseff dividió a la sociedad en dos: partidarios y detractores del Partido de los Trabajadores (PT). Este viernes, pese a que muchos trabajadores decían simpatizar con las protestas confesaban que tenían recelos a sumarse a unas protestas, quizá por estar muy identificadas con esa “izquierda partidaria”.

Incidentes al final de la jornada

Aunque la jornada transcurrió de forma tranquila en su mayor parte las marchas convocadas por la tarde acabaron en graves incidentes en Río de Janeiro: al menos nueve autobuses fueron incendiados por un pequeño grupo de manifestantes. Además, la Policía Militar empleó gas lacrimógeno y bombas de ‘efecto moral’ para dispersar una manifestación frente a la Asamblea Legislativa de Río de Janeiro (Alerj), lo que generó escenas de pánico en el centro de la ciudad.

En São Paulo decenas de miles de personas llenaron la céntrica avenida Paulista, mientras que otra marcha convocada por movimientos sociales de izquierda ligados al PT se dirigía hacia la residencia privada del presidente Temer para realizar una especie de ‘escrache’ simbólico.

El presidente, no obstante, siguió toda la jornada de huelga desde Brasilia. Desde el Palacio del Planalto emitió un sucinto mensaje que dejó entrever que la movilización tendría escasos efectos en su agenda reformista: “El trabajo a favor de la modernización de la legislación nacional continuará, con un debate amplio y franco, realizado en el espacio adecuado para esa discusión, que es el Congreso Nacional”, avisó.