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El Motín

A pesar de que los comieron casi a todos, el burro renace en el Sur Profundo

Carmen Fernández
 
“Cómanse esta carnita frita, está rica, mi mamá la compró y la saló ayer”, nos dijo nuestro amigo. Inocentes mi amiga y yo caímos en la trampa; allá en nuestro lejano pueblo del Sur. Aquel verano en sexto grado nuestro amigo en común, nos giró la invitación a degustar una rica carnita frita, en horas de recreo.
 
La verdad nos cayó como bomba: “Comieron burro”, en fin, de nada sirvió el pataleo, lo hecho, hecho estaba.
 
Para aquellos tiempo de los 80 y tantos era frecuente y muy común ver por calles y caminos, en el trajín diario del hombre de campo y como medio de transporte utilizar al noble burro. Mujeres y hombres se tiraban del palo (refiriéndose a la cama) y a las cinco de la mañana jinete en su montura, unas a cortar leña y otros ordeñar vacas.
 
El sufrido animal siempre dispuesto. ¡Pero oh cosas de la vida! Un mal día alguien descubrió que la carne de burro era similar a la de res y muy sabrosa. Allí comenzó la cacería, no era raro pasar por las casas y vislumbrar extensos tendederos de carne, que según los dueños era “de ganado vacuno”, a cualquier transeúnte se le regalaba sus dos libras de carne salada. Conocí a alguien que hasta el hígado se comía y según sus propias palabras, cocinaba la cabeza y succionaba con un sorbete todo su contenido.
 
Toda esta historia me llegó de golpe, cuando por la carretera y viendo puras reses, en un verde prado mi vista se alegró al ver una pequeña manada del útil asno y más adelante, dando saltitos iba otro que montaba un señor muy pintoresco.
 
Desde mi Duvergé, Cabral, Peñón y Palo Alto, visualicé uno que otro noble bruto y concluí que a pesar del consumo de su carne hasta casi desaparecer, el burro renace en el sur.
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